viernes, 11 de abril de 2008

Pozo negro

El calamar inscribe una danza de tintas
La tinta es un silencio
El mar lleva su palabra
Los peces callan el grito
o gritan
pero el mundo sólo mira sus ojos
Extrañamente abiertos, siempre.
Dicho con otras palabras:
No cierras tus ojos,
Cierras mi vida.




Ataque nietzcheano o con qué facilidad se complica todo.


Entonces hay que destruir la cosa amada, sustituirla por la insignificancia de la ausencia. Rebajarla al olvido. Pero nada de completar agujeritos!; menos aun dejar que se imponga una posibilidad de ese objeto del deseo. Porque detrás del espacio rellenado siempre subyace el molde, y esa falsa nada que se tapa termina siempre mostrando los bordes, algo sobresale y molesta. La cosa amada va más allá de los cuerpos, trasciende esa necesidad física, se transforma en un inmanejable perfume que nos va llevando de las narices hacia donde quiere. Volvemos siempre al mismo sitio y exigimos el mismo discurso, un discurso que se apaga apenas termina. ¿Me querés? Qué importa tu sí o tu no, volveré a preguntar, porque estoy perdido y no me sirve lo que me decís, no te estoy preguntando nada, estoy confirmando mi insatisfacción. Hay que soltarse de la cosa amada para poder reconocerla de nuevo, quemarse y salir corriendo. A veces se necesita un poco de voluntad y suerte, pero a decir verdad, lo más probable es que lleve toda la vida. Mientras, vamos a negar el agujero, lo vamos a cubrir con telarañas y sexo, con la esperanza de que algo cambie sin nuestra intervención. Juraremos que la ceguera es falta de luz, una densa tiniebla que ya se abrirá.


Over.



jueves, 10 de abril de 2008

Todos para Todos

En un mundo pobre, ser rico es violento. Eso dijo Salvador Inaes cuando comenzó a hablar en la cooperativa azucarera de Puerto Indio. Y tuvo casi diez minutos más antes de que el zumbido le perforara la frente. Dijo que hay guías, no patrones, y que él ya tenía listo el proyecto por el cual todo empleado debía percibir un porcentaje de las ganancias y no un injusto sueldo fijo. Lo miraban, cansados, cada par de ojos chaqueños, entornados para siempre. Intuían el mensaje, pero corroídos por la zafra, parecían animales del hambre. Eso dijo Ianes: “Nos dan justo para el plato de comida, pero esperan que el hambre nos pique la panza, ése es el anzuelo”. Inaes había oído sobre Marx, sobre una tierra lejana donde los buenos quisieron hacer algo bueno, hasta que se volvieron malos o los buenos se fueron a dormir la larga siesta. “Si no trabajamos, ellos no ganan, y nosotros para el pan y la manteca tenemos para rato largo. Es ahora o nunca”. Fue nunca, porque el pequeñito orificio que le abrió los ojos, lo calló súbitamente. El alboroto duró unos días. Todo siguió más o menos igual, pero alguien escribió las palabras de Salvador Ianes, a la sombra de un aljibe, en esa casa de todos. Las palabras y las balas, un librito que no escribieron ni Arlt ni Pizarnik, pero que sigue igual de vigente


Pd: Amit me advirtió que ni se me ocurra hablar pavadas de los kibbutz. Eso quiere decir que está esperando que escriba algo para liquidarme con su crítica. Ya llega, mi amigo.

Over.


miércoles, 9 de abril de 2008

A través del cristal aquella noche


Simplemente que me acordé de Chet Baker saltando a través de una ventana de hotel. Simplemente que ni siquiera se tomó el trabajó de abrirla; ya era un murciélago que había perdido el sonar.

Tan sólo que después de tanta heroína y metadona como aspirina, el acorde duró todo el largo de la habitación del segundo piso. Se puede leer que “cayó” de allí, que lo empujaron, que se tiró. Me lo imagino cantándole su Let´s get lost a la chica de Almost Blue. Corría 1988. Unos años antes, acompañado de Elvis Costello, hacía que tocaba la trompeta en The very thought of you. Pero ya no estaba. Ya se había ido. Ya estaba cruzando el cristal que no lo detuvo. El cristal de noches y polvos, de voz asustada y cruel, de fin y madrugadas. Let`s getlost, lost in each other´s arms...tu ru rú, tu ru tu ru ru rú...




martes, 8 de abril de 2008

Pozo negro

La luz ya intuye su liturgia
De no me olvides y pensalo bien
Pero imantada la noche, de acordes y caos
Te apura la huida y la lágrima
Que no cae igual que la otra
La que te mira para no verte

Abismado de silencio
El último beso seco y bobo
Apenas se oye en el ambiente
Y sin embargo el eco, ese eco sordo
Te despertará cada madrugada,
puntualmente,
para hacerte oír lo perdido


Fálico, famélico Medem. Y caótico.

¿El amor es la estepa o es la estepa el desamor? Estepas, nieve, desiertos, lagos en el fin del mundo, escenarios de Julio Medem, el cineasta vasco más interesante que haya dado la Península Ibérica. Sí, ok, las hipérboles siempre son erróneas. No me importa.

La última película que mis ojos pudieron sentir, es Caótica Ana, de agosto de 2007. La crítica (la paga y no paga), se puso de acuerdo: el film no es muy bueno, demasiadas digresiones, mucho hincapié en las imágenes y pobre estructura de argumento, bla, bla, bla y bla.

La película es hermosa, pero casi como un mantra inaudible, quien no ingresa en la belleza ofrecida, sólo ve superficies, reflejos, colores. Que es una película sobre estados hipnóticos es claramente obvio. Se divide en actos que van del 10 para atrás. Pero eso es un primer engaño. Como el poema de Poe, la película no es más que un estado hipnótico dentro de otro, y así a la manera de las matrioskas rusas, hasta que al final, como en el cuento de Lucía y el Sexo, se llega al centro y se cae para volver a empezar.

¿Por qué es una película – Medem? Porque hay jóvenes, amores rotos, búsquedas surrealistas, arte, conversaciones montadas en una fantasía cuasi adolescente, encuentros, muertes y la negra sensación de que no hay finales felices. Desde la Ardilla Roja en adelante, el mensaje vagabundea alrededor de un tópico preocupante: Nos preparamos para ser jóvenes y lo que viene después es la simple necesidad de participar en el teatro para que los próximos jóvenes vuelvan a la función. No hay retorno, no hay salida, el amor es brutal y caótico, te eleva al máximo permitido para tus pulmones y esos cinco minutos son el nirvana permitido en esta vida. Detrás quedan los pozos y los faros de Lucía, para darle lugar a los viajes ancestrales de una niña mujer.

Todo debe consumirse en pocos años, de los veinte a los treinta, digamos, porque el mundo es de ellos, después es imitación o hacerse el distraído.

Ana, el personaje, sonríe todo el tiempo, llena de vida y terror. Una mujer que no puede soñar dormida y que se encuentra con el hombre que no puede dormir. Una insoslayable parábola sobre el insomnio del amor, que se funde, famélico, cuanto más se lo aviva.

A nadie le va a gustar esta película si no acepta ser inducido a abrir las puertas de piedra. Para eso no han encontrado cambio: sin la voluntad, no se logra nada.


Over.



domingo, 6 de abril de 2008

Palabritas


Entro en su habitación. “Aquí vivo, sola”, me dice.
Sobre la cama, escrito con letras prolijas, leo: “Aquí duerme alguien parecida a mí”.
La miro. Me dice: ”Sí, también podría ser: alguien padecida a mí”. “Me gusta más la segunda”, le digo. La vuelvo a mirar. Entiendo sus ojos.




De este lado o del otro.

La señora P. vuelve del supermercado y después de cerrar la puerta y entrar a la cocina cree haber visto algo en la sala. Enciende la luz y sólo ve el sillón y la vieja alfombra. Cuando apaga la luz, lo ve otra vez. Se da cuenta de que sólo se percibe si no se lo mira directo. Es un cuerpo de hombre caído sobre la alfombra. Intuye que está muerto pero no se asusta. Enciende la luz y otra vez lo mismo, desaparece. Al día siguiente, vuelve del trabajo y ahí está, boca abajo, con pantalones marrón, camisa blanca, despeinado. Unos treinta años. La tercera noche ya no enciende la luz y duerme sabiendo que en la sala hay alguien. Boca abajo y muerto. No se lo cuenta a nadie, es más, toma la precaución de iluminar el lugar a toda hora cuando alguien viene de visita. A los quince días, también a oscuras y mirando sin mirar, advierte que el hombre está desnudo y que una mujer ha hundido la cabeza entre sus piernas. El hombre gira la mirada hacia atrás y vuelve a caer boca abajo, vestido, muerto.

El señor G. le dice a su novia que al otro día la llamaría. Llega a su casa y abre el sobre. En la carta alguien le cuenta la historia de la señora P.
G., que hace rato anda buscando una idea, se sienta frente a la computadora y empieza el cuento. Hay más de un muerto y en un momento la señora P - que ahora se llama Florencia - también se desnuda y muere con el hombre. G. empieza a corregir el cuento y desde atrás, un puñal le acierta en la nuca. Los ojos quedan abiertos, inútiles.

La novia del señor G. entra primero al departamento de su amado. El perro ha rasgado toda la parte inferior de la puerta de madera. La puerta de la habitación que nadie abrirá desde adentro.