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domingo, 25 de junio de 2017

Decisiones




En una traducción dice así:

"He gozado siempre, como otro y extranjero, de las derrotas de mis devaneos, asistente casual a lo que pensé ser."

En la que tengo ante mí, sutilmente, Santiago Kovadolff, decidió:

"Gocé siempre, como otro y extranjero, las derrotas de mis devaneos, espectador casual de lo que pensé ser."

En portugués, reza: 

"Tenho sido sempre um sonhador irônico, infiel às promessas interiores. Gozei sempre, como outros e estrangeiro, as derrotas dos meus devaneios, assistente casual ao que pensei ser."

                                                                                                                        
                                                                                                            Libro del Desasosiego, Fernando Pessoa. 

Over.

 




lunes, 3 de marzo de 2014

Crímenes y Jardines





Pablo de Santis tiene el don. Ya creo haberlo dicho. Si lo dije, lo repito. Tiene el don de la literatura, como lo tenían Soriano o Chéjov y no lo tenía Sartre (la bravuconada no es tal, Sartre escribió El existencialismo es un humanismo, y con eso basta, ¿no?) Decía que De Santis ha llegado al punto casi profesional de la narración, ese en el que escriba sobre el tema que sea, lo hará con nivel y estilo.
Crímenes y Jardines es una novela aparentemente policial, con detectives, muertos, misterios y deducciones. Pero más allá de los formalismos, la historia abreva en la condición humana, en las diferentes formas del amor y la soledad. Si bien en Chandler, esto último no estaba ausente, en De Santis busca un nivel filosófico más alto, si se quiere, reiterando la ya clásica tradición simbólica rioplatense. Es quizás, la representación, un abuso de la literatura argentina, pero cuando hace honor al estilo, no pierde eficacia alguna.

La historia nos trae de vuelta a los personajes de la novela anterior, El Enigma de París, y pareciera que podría dar inicio a una serie más extensa. Ambientada en el final del siglo XIX, el encanto detectivesco cobra mayor relevancia, y quizás Sigmundo Salvatrio, con su maestro ya fallecido, comienza su camino en estas artes, para, quién sabe, superar al vernáculo Etchenique, con diferente astucia, y treinta años menos, eso sí.


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domingo, 1 de septiembre de 2013

Los Idolos, de Manuel Mujica Lainez



Empecemos por este lado. Eduardo Wilde, argentino, de profesión médico, fue, a su vez, un gran escritor. Uno de sus cuentos más famosos es Tini, la historia de la muerte de un niño. El cuento es tan triste que al mismo autor le daba una profunda pena el destino de aquel chico, y siempre comentaba que hubiera preferido que se salvara. En este entretejido de artificio y realidad, llegó el salvador. Su nombre es Manuel Mujica Lainez, y el bálsamo literario se llama “El Hombrecito del Azulejo”. En ese cuento, el propio Wilde aparece como personaje, ejerciendo su profesión de médico, y ayudando a que un niño se salve de una grave enfermedad. Esta última compensación literaria nos ubica de ese lado sensible del autor argentino y nos deja pensando en “Los Ídolos”, la novela editada en 1952 y que no ha dejado de ser una metáfora sobre la amistad.

En la superficie nos permite una historia de dos entrañables amigos a quienes el descubrimiento adolescente de una famosa novela los trabará para siempre. Lucio Sansilvestre, el autor de dicha novela (llamada precisamente “Los Ídolos”, única obra del escritor), podría ser una especie de Rulfo, de Rimbaud, de Salinger, cuya obra está inexorablemente signada tanto por lo genial como por lo breve. La misma pregunta los ata y los ahoga: ¿Por qué no han vuelto a escribir? Bien, ése es un lateral de la novela. Pero hay otro más fatídico e infeliz. “Los Ídolos” es justamente una historia del fanatismo, de la renuncia a lo que somos para convertirnos en oscuros seguidores de Otro cuya existencia nos hunde y nos sacrifica. Todos los personajes están sumergidos en esta desdicha. Nadie se salva, todos están trabados en los mecanismos que los harán más tristes a medida que los años los envejezcan. Entonces la metáfora también se ocupa de la idolatría, que no es más que una profunda versión de la soledad.

Se sabe que es imposible juzgar una novela como buena o mala. Podemos decir que nos ha conmovido o que nos ha empujado al aburrimiento. Es difícil que Los Ídolos provoque esto último. Muy difícil.
Por último, no podemos olvidar una mueca de Mujica Lainez. Parece una obviedad concluir que la novela “Los Ídolos” no existe, ya que es producto de la ficción, escrita por un tal Lucio Sansilvestre, y cuyo extremo admirador es Gustavo de N... Pero Manucho logró que en nuestra vida real, debamos pedir por esa novela inexistente, y que hasta la podemos conseguir.

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jueves, 22 de agosto de 2013

Intemperie.





Según reza en todas partes, es ésta la primera novela (editada) de Jesús Carrasco. Lo que no dice, claro está, es que debe escribir desde hace muchos años, y sólo basta leer Intemperie para darse cuenta de que no estamos ante una típica novela de iniciación.

El estilo es muy particular, y no es difícil relacionarlo con Delibes. Al menos, lo encuentro en Los Santos Inocentes, novela que no he terminado aún, que me cuesta terminar, una “cortazariana novela macho”, pero eso es otra cosa, estoy aquí, con Carrasco, con Intemperie, con esta enorme historia.

La novela tiene un argumento muy sencillo, y por eso la hace desesperante. Todo comienza con un niño escondido en una especie de agujero, observando y escuchando a quienes se supone lo buscan o lo acechan. Ahí está Anna Frank, ahí está Tooru Okada, de Murakami, ahí está, por qué no, el muerto que habla de Walsh. Ya en esa escena, uno recibe el estilo de Carrasco, sabe que todo será narrado de tal modo que hasta uno tendrá la sensación de estereograma, que los olores y los miedos y la agonía trascienden el texto y promueven una respuesta casi física: el dolor que leemos, nos duele.

Todo es sordidez y desamparo. Los fantasmas van apareciendo de a poco, asustan y se van, hasta que en algún momento acorralan y provocan la reacción. Por caso, uno puede intuir la razón de la huida del niño, pero no creo que se pueda acertar lo que en realidad la fundamenta, explicado casi al final de la obra, de manera bestial y conmovedora.

Se podría analizar la novela en clave de símbolos, no obstante, estoy seguro de que el autor lejos está de haberla pensado de tal modo. Más bien, la intención es evitar los rodeos, y mientras la descripción del paisaje y el clima son sosegados, a la hora de describir hechos críticos, se enardece la brutalidad con una precisión asombrosa.

Por otra parte, me arriesgo a afirmar que habrá al menos dos palabras por página cuyo significado será desconocido. La altivez de la aseveración no me describe, estoy seguro, porque la realidad es que hay una cantidad de vocablos que no se relacionan con una actividad o técnica, cosa que haría obvia la proliferación de los mismos. Más bien tiene que ver con una agrupación de palabras pertenecientes a lo rural, y quizás, lejos del registro moderno. No llego a decidirme si esto último se transforma en un obstáculo, toda vez que guarda un equilibrio a lo largo de la narración. Yo, al menos, lo conecto con la lectura en otro idioma. Cuando, por ejemplo, leo a Henry James en su idioma original, no son pocas las palabras que desconozco. Aún así, jamás ha opacado, esta ignorancia, la belleza de sus obras.

Por último, me preocupa el porvenir de la narrativa de Carrasco. Comenzar así, digo, lo posiciona en una altura casi desmedida. ¿Qué hará con este fuego que no permitirá algo inferior? Esa duda me solicita el próximo libro. Atentamente, su próximo libro.


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sábado, 22 de junio de 2013

Disgrace.




Algo me pasa cuando veo en la tapa de un libro la siguiente frase: "Premio Nobel de Literatura”. Lo primero que me viene a la mente es la figura de Borges. Para evitar el obvio descrédito al premio, se me acercan García Márquez, Faulkner o Russell. Cuando creo que todo se va a equilibrar, aparecen Hesse y Neruda. Finalmente, no logro salir del laberinto, y vuelvo a sentenciar que esa especie de lista más concerniente a la Fórmula I, termina por hundir al autor, atribuyéndole de antemano cierta genialidad de la cual, no pocas veces, carece.

J.M. Coetzee lo ganó en 2003, ayer nomás, y otra vez pareciera que la política también mete su acero en la literatura. Acabo de terminar Desgracia, publicada en 1999, y debo decir que fue duro vencer al prejuicio del que hablo en el primer párrafo.

La novela comienza muy sobriamente, obligando al lector a que busque luces para seguir leyendo. Todo nos remite lateralmente a Lolita, menos fatídico y más cerca de la superficie; una exploración del hombre después de los cincuenta años y la pesada remembranza de los años primeros.

Todo parece planear en esa historia, y la consecuente (y obvia) reprobación de las autoridades. Un profesor de esa edad abriga esperanzas de modernidad ante su caso: aprovechar su poder como docente para ayudar a la estudiante, todo por una infatuación irrefrenable.

Quizás ese comienzo se disculpe, ya que el crecimiento de la novela es notable. La acción se traslada a la granja que la hija del profesor tiene en el campo sudafricano, lugar donde aún sobrevive la tensión entre blancos y negros, donde la resistencia cobra fuerza en los territorios. Y no es menor este asunto, ya que es innegable la comparación entre la relación que tuvo el profesor y la posterior y violentísima escena en donde su hija y él sufren una humillación escalofriante.

Más aún, el lugar que toman los animales en la historia funciona como pivote a la hora de definir cierto equilibrio entre las acciones.

Por otra parte, la presentación de la obra sobre Byron, en la pluma del profesor, quiere unir voces sin lograr su objetivo, más técnico que al servicio de la novela. Es en este caso, creo, cuando la intertextualidad de Coetzee impone obstáculos más que su idea de alimentar la trama.

Desgracia es una novela que crece a medida que pasan sus páginas, hecho que de por sí, es mejor que si fuera al revés; la mayoría de los fracasos se dan a la inversa, cuando el escritor presenta un gran comienzo que no puede sostener. Coetzee ofrece una lectura interesante al unir el sexo, la violencia y la tensión racial, en una Sudáfrica todavía herida por la brutalidad. Repito: sexo, violencia y tensión racial, sustancias que se trasladan (y se trasladarán) en nuestra sangre, a la espera de una dominación en manos del progreso bien entendido.

Over.

martes, 4 de junio de 2013

Releer Los Pichiciegos





Releer Los Pichiciegos, casi diez años después, confirma sensaciones pero no evita en el lector (en mí como lector), tejer todas las lecturas y vivencias aumentadas en ese mismo lapso.  Sucede que los hechos y las palabras no se han alterados, como tampoco los símbolos, sí, pero estos últimos se cargan con nuevas fuerzas y sentidos. Ahora bien, lo que no puedo evitar, es haber nacido en este país, Argentina, y que las dimensiones que construye la narración, serán inequívocamente parciales. O particulares. O subjetivas. Algo que no cambia su poder, simplemente lo posiciona en un lugar, como a casi todo lo que sucede a nuestro alrededor.

Recuerdo el título allá por el año dos mil. Lo primero que me llegó es la palabra “pichi”, que en nuestras tierras viene a nombrar al principiante de manera casi despectiva. Pero lo palabra “pichiciegos”, así, completa, refiere al animal que vive bajo la tierra, en cuevas que construye a tal fin, y que siempre anda de noche. Entonces, armamos el argumento de la novela con preciosa facilidad: Un grupo de soldados que participan de la guerra de Malvinas, desertan y se refugian en una trinchera o cueva, que la han de llamar Pichicera, e intentarán sobrevivir hasta que se termine la contienda, tranzando víveres y demás cosas necesarias, con el enemigo, en este caso, los ingleses. Hasta que la guerra termina, la pichicera se termina y fin.

Sí, todo lo anterior, espejando la sustancia real. Por qué no pensar que esa dócil trama no es más que la interpretación de otra realidad, tan grave esta última que debe ser predigerida como ficción. ¿No son los desertores, acaso, la representación moral de los superiores que mandaban al muere a esos soldados impuestos? ¿No es peor defender la patria cuando esa patria es el terreno del mismo enemigo? ¿No es la noche y la cueva, un refugio contra el hostil gobernante?

No es menor que la novela fuera escrita por un argentino, en las postrimerías de la peor dictadura militar de su país. No es menor, estamos de acuerdo, pero la interpretación puede superar o desdeñar ese dato, y lejos está de ofrecer una inferencia unívoca.

Ya abunda el análisis formal de la novela. Aquí y allá han escrito sobre el texto. Creo no haber leído una mención de relevancia sobre la escena del gusano que es adoptado como mascota, hecho que refleja y condensa toda la intención del autor. Ese final que sepulta todo la emoción vivida, para que sólo haya un testigo de lo sucedido. Para que un eslabón cuente la historia que no sale en los diarios ni se sueña en las peores noches. 


Over.   

jueves, 23 de mayo de 2013

Serpientes y Vida. La tercera de Iosi Havilio.




Me pregunto, escrupuloso, si hay un ligamen entre esta novela y la anterior del mismo autor, Open Door. Me pregunto si atesora esa afirmación alguna diferencia, si la enaltece, la neutraliza o la obliga a otra lectura. No me contesto nada, no quiero, no me interesa. Porque volvió la misma abundancia de vacíos y pasos inútiles. La total aquiescencia de vivir de una innominada mujer que ahora tiene a su hijo.

Paraísos se va abriendo con una naturalidad que no sorprende. La certeza incuestionable de que lo que cae, termina cayendo, más tarde o temprano, en la tierra que lo frena. Y así va nuestra protagonista, lanzada desde el campo a la ciudad, para hundirse sin reparos en el bajofondo: un camino que emula su interior, el desarrollo de la caída en la que ya venía desde hacía años.

Esta vez, por qué no decirlo, el argumento pierde más sustento aún, es menos asombroso y resalta menos la hondura de un derrotero que el esbozo de una adultez reflexiva y agobiante.

Vuelve Eloísa como el faro adolescente, motor de las drogas y el sexo sin romances. Aparecen la muerte inexorable, la candidez del diferente, la brutalidad del alcohol y la pobreza, la soledad del extranjero, y el escenario que va acompañando todo la narración: el zoológico.

Por momentos, sólo por momentos, pareciera que las acciones se desarrollan sin sentido, que nada fue elegido como símbolo. Dura poco, vamos acomodando los personajes y los hechos con hermosa facilidad. 

No hay mucho más que decir, pero si se apura un resumen, no hay demasiadas posibilidades: El dibujo de una serpiente que abre la nueva vida al final de la novela. Queda claro. Clarísimo.  

La tercera novela de Havilio lo posiciona en un lugar altísimo de la actual literatura argentina. No hay caso, todavía el país sigue siendo el granero del mundo y una usina asombrosa de autores. Bien. Muy bien. 


Over.

 

martes, 2 de abril de 2013

Opendoor, de Iosi Havilio.



Afuera quizás llueve. 
Siempre, afuera, quizás llueve, o es domingo o algo no termina de cerrar. 
Pongamos que afuera llueve y te da por leer Opendoor. Al principio no es nada, pensás que es una novela extranjera, por el nombre del autor, por el título, esa cosas. Entonces te acordás de la colonia neuropsiquiátrica, y si tenés edad y memoria, de la Dra. Giubileo. Mirás bien y no, la novela está escrita por un autor argentino que apenas había pasado los 30 años al publicarla. Todo eso lo aprendés rápido porque está escrito en la solapa. Y enseguida te preguntás (una vez más), ¿con todo lo que me falta leer, elijo la primera novela de un autor contemporáneo? Sigo.

Empezás a leerla a la tarde de un día y para la noche del siguiente está liquidada. Esto está bien, te decís, y lo sabe todo el mundo, pero te lo repetís igual. Pensás que estás leyendo un cuento de Forn, del volumen Nadar de noche, esos cuentos que disparaban la década del 90 en la Argentina. Sí, es eso, pero hay algo más, y te llega Piglia, muy lejano, hasta que das en la tecla y aparece Salinger. Es la misma emoción, la de haber leído la novela más parecida a un cuento, y que quede claro que no hablás de una nouvelle, ese híbrido que casi nunca cierra.

Estás seguro de que hay una palabra que acierta a la descripción: lacónico. Y te reís cuando recordás que hay quien cree que lacónico es breve, como minimalista es vacío. Pero te olvidás y volvés a la historia de esta chica (¿25 ó 30 años?) que azarosamente (¿azarosamente?) va a ver un caballo enfermo en Luján, ahí cerca de Opendoor. Después todo es vértigo y se acaba pronto. Cuando pensás en esa chica sin nombre, y te preguntás todo sobre ella, su edad, su pasado, su familia, y todo es un gran hueco, te sobreviene ese poema de Goethe, y concluís que es así, que es como cuando a un tallo lo transplantan y vuelve a vivir y todo lo que lleva dentro se queda ahí, una especie de borrón y cuenta nueva natural.

Cerrás la última hoja y regresás. Regresás al espacio de tierra que atrapa tus pies y te deja dormir por las noches a cambio de la sospechosa calma. No sabés por qué pensás que pareciera como que todo acto de locura, rechazo o subversión se limita a ese territorio, y vos que creés que das el gran salto día a día. Qué importa, hablamos de Opendoor, la mejor novela que has leído en años, que nada pretende ni nada reclama. Una novela justa, casi sin deslices, sin errores, sin prepotencia. Podés analizarla mucho tiempo, concluir si se ubica en la década del 90 o la del 2000, porque un walkman es de la primera, pero la keta, no. Podés preguntarte si todo lo que sucede es demasiado. Podés dudar. No tiene sentido, no va por ahí la cosa. Y para colmo, en las últimas dos páginas, el final te saca una sonrisa de satisfacción, un: "qué bien que la hizo el autor", un sobresalto para que no te olvides de que has leído una obra de ficción, donde todo es realidad, obviamente. 


Over.





  

jueves, 6 de diciembre de 2012

Hace Plop.





Punzante y sobria, Plop, la novela del argentino Rafael Pinedo, puede ser la aglomeración de muchas otras historias. Por ejemplo, no estaría en desacuerdo con quien observara que usando casi el mismo texto, se podrían agregar dibujos y que todo se transforme en una historieta. Tampoco opondría demasiada resistencia a quien apuntara que estamos ante una historia de ciencia ficción, y que los nombres de los personajes, o las cuadrillas, o los lugares, son, digamos, poco originales.Más aún, me animaría a no polemizar si dijeran que hay una exacerbación escatológica y sexual que provoca asombro más que repulsión.

Dicho todo lo anterior, la novela de Pinedo no deja de conmover, y se lee en dos días a lo sumo. Situada en algún momento posterior a una especie de Apocalipsis humano, en un futuro donde está casi todo destruido, el relato se centra en uno de los tantos grupos que sobreviven. Todo está basado en la supervivencia, y como casi nada sale de ese objetivo, se dan por sentados inaceptables hechos de brutalidad y violencia, sin límites en lo concerniente al sexo, la tolerancia, la solidaridad o la compasión. Hasta sobrevuela una condición nazi con respecto a los niveles de personas y su utilidad en el grupo.

Los tabúes y prohibiciones están claramente estipuladas, y el no respetarlas se paga con la vida. Aquella prohibición prostibularia del beso que citaba Onetti, ejemplifica en este caso, que casi todo lo que se hace, debe prescindir del placer. De hecho, las estructuras de poder son tremendamente verticalistas y no dejan lugar a cuestionamiento alguno.

En definitiva, la novela, vacía y asombra, provoca y se aleja. No sé si la doble lectura posible que pueden promover el prólogo y el epílogo, la enaltecen. Que haya ganado el premio Casa de las Américas, no agrega nada. Decir que Pinedo es un autor de culto, tampoco. Habrá que ver qué sucede con sus otras dos obras que próximamente se editarán juntas. Habrá que ver.


Over.

 

domingo, 18 de noviembre de 2012

Tengo dos hijos. Uno murió.



Esta nouvelle de Bellatin es esencial para cualquier aprendiz de escritor. Digo, la facilidad con la que el autor construye el relato, requiere de talento.
Cuando uno comienza a leer la novela, siente una comodidad apasionante (eso es talento) y cuando quiere acordarse, ya ingresó en la pequeña historia que no abunda en personajes sino en pequeñas escenas narradas con precisión (eso es estilo).

Lo bueno de esta obra es que si se quisiera contar, no se podría: ¿Acaso logra interesar al alguien si digo que se trata de un ginecólogo que narra aspectos de su vida, a quien se le muere un hijo, y que recuerda la historia de un niño? No, claro, porque la clave está en la lectura. Si fuera cine, sería un cortometraje, de esos que pocos ven, y que son más complejos que un largo. Mucho más complejos.

En tan breve extensión, participamos de la vida opaca de un hombre que es la vida de tantísimos otros. Versión moderna de la existencia sistemática: nacer, estudiar, tener dinero, una esposa, dos hijos, abuelo, fin. Esa exposición no es mala en sí, claro que no, pero repite la nostalgia imposible de quien ha llegado a los sesenta años y ve que se va terminando la peli. Más aún: cuando algo quiebra ese pacto esencial que se ha hecho con la vida desde muy temprano.

La historia final, la que un niño le cuenta en su consultorio al ginecólogo, no se desprende de la narración central (si es que no funciona al revés). Con esa aquiescencia kafkiana pero sin atarse a esa condición, la historia opera como un resorte de la primera, donde queremos hallar conexiones (que quizás no existan) o jurar que no tienen nada que ver (y quizás estemos equivocados).

Damas Chinas es breve. Sospechosamente breve. Necesariamente breve.  


Over.

Arena en las uñas.



Anthony Burgess se (nos) pregunta si es culpa del frío que haga frío. En ese remanso espiralado que intenta ubicar responsables, podríamos citar entera la novela de Lish.
No es menor saber que este autor fue el editor de Raymond Carver, porque nadie puede desmentir que ambos escritores transitan un mismo estilo. Mejor dicho, Lish intervino varios cuentos del Carver, casi siempre para, de algún modo, podarlos, cuya eficacia es controversial: lo de “mejor” o “peor” es un análisis que en literatura no responde a estructuras fijas. Es un análisis que no pocas veces fracasa, toda vez que no existen lectores fijos. Pero eso es otra cosa.

Perú es una novela que conmueve, que solicita atención constante pero que no exige esfuerzo. Digo, repito, vuelvo: ¿podría Carver haber escrito una novela en la misma clave que sus cuentos? Yo creo que no. Y el ejemplo es esta obra, donde la minuciosidad restringe la extensión. La lúgubre crudeza de ciertos pasajes, opera como capas de algo medio vacío que termina por hacer rebalsar el contenido.

La obra tiene estilo. Dividida en tres partes, me parece fascinante que la primera de ellas, de apenas unas páginas, ponga de manifiesto lo que vendrá, para que uno pueda seguir o no. Si se sigue, se abre un mundo quebrado, como si alguien relatara un sueño minutos después de haber chocado con su coche. Hay precisiones, giros, evocaciones, repeticiones, oraciones cortas, digresiones. Hay todo eso pero también se logra un ambiente inquietante, donde en medio de una simple descripción, se narran hechos conmovedores.

La historia es simple: Un hombre recuerda su infancia, más específicamente un momento de ésta. A los seis años, mientras jugaba con otros niños, asesina con una azada a otro compañero. Este hecho es descripto a lo largo de toda la novela, en pequeños recuerdos que vuelven una y otra vez, sumando precisiones.

Se podría analizar el texto profusamente. Por ejemplo, la razón por la cual el hombre recuerda los hechos. Su propia herida que trae de vuelta lo sucedido. Los distintos personajes, en los que la arena cumple un rol metafórico exacto: ¿qué otra cosa es acaso esa facilidad que tiene la arena para meterse debajo de las uñas y lograr que uno sienta que siempre queda un grano dentro? Las diferencias de clase, el modo en que la mente de un niño procesa todo lo que lo rodea, desde sus padres, sus amigos hasta la escuela y las maestras.

Se podría analizar profusamente. Para eso, debería borrar todo lo que escribí arriba y empezar de vuelta. No quiero. Simplemente quería decir que Perú es una novela que no permite la indiferencia, que algo moverá dentro de cada alma. Lo que se dice arte. Arte del bueno.


Over.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Como un segundo corazón.



"The past beats inside me like a second heart"

Recuerdo no sin detalles, el último día de cada uno de nuestros veraneos. Llevalo a ver el mar, le decía mi madre a mi padre. Entonces, plateado por el brillo del primer sol de la mañana, el mar se hinchaba en olas que se desinflaban al llegar a la orilla. Así cada vez. Hasta que no fuimos más.

El mar bien pude ser un montón de agua junta que se mueve. Y sin embargo no lo es. Ni siquiera cuando parpadea la noche limpia, se apaga su rumor tembloroso: el miedo a todo ese indomable espacio oscuro que se rompe y vuelve a nacer.

El mar también es el personaje de esta novela de Banville, omnipresente como un escenario eterno. Una obra que, por sobre todas las cosas, carece del argumento típico, ese que enseñan en la escuela, donde hay una introducción, un desarrollo y un desenlace. Y donde el maestro otorga un uno como puntaje ante la alteración.

La literatura inglesa no abunda en estas cuestiones. Quizás ninguna literatura lo haga, pero el siglo veinte (y antes también) encuentra en Latinoamérica, un espacio donde se desarrollan estas elecciones. Desde Cortázar a Saer, pasando por Carpentier y Lezama Lima, y por qué no a Rulfo. Esa especie de predilección por el uso de las estructuras y el lenguaje como centro de la narración, restándole protagonismos a los argumentos o hechos. En otras palabras (era tan simple), la exacerbación de la poética en la prosa.

Banville nos cuenta la historia de un hombre que ha enviudado recientemente, y vuelve al pueblo donde veraneaba de niño, con la intención de espantar ciertos recuerdos. Allí conocemos la historia de una primera novia (de un primer amor, mejor dicho), la muerte, el desprecio, la ternura, y esos cinceles que los años de la infancia esculpen irrevocablemente en nuestras mentes.

No hay mucho más que decir, porque el secreto es la lectura. No es improbable que esta novela no guste, que se torne pesada por momentos, que luzca monótona e inconducente, que se engorde de reflexiones y descripciones de la noche y el mar. Es más, eso es lo que es. Una novela de escritores para escritores, que afortunadamente saltó ese dudoso cerco y llegó al público más amplio. (¿Qué será un “público más amplio"?)

Un público más amplio. A quien le golpee esto:

“Una cosa que siempre me llamó la atención fue el contraste entre el nido y el huevo, me refiero a la contingencia del primero, por muy bien construido o hermosa que fuera, y la entereza del último, su prístina plenitud. Ante de ser un principio, un huevo es un absoluto final. Es la propia definición de lo que es autosuficiente. Odiaba ver un huevo roto, es ínfima tragedia.”

O esto:

“Quizás estoy aprendiendo a vivir otra vez entre los vivos. Practicando, quiero decir. Pero no, no es eso. Estar aquí no es más que una manera de no estar en otra parte.”

 O esto:


No quiero estar solo así. ¿Por qué no te me has aparecido como un fantasma? Es como una niebla este silencio tuyo. (…) Mándame tu fantasma. Atorméntame, si quieres.”
 
The Sea. John Banville.


Over.


viernes, 17 de agosto de 2012

Ampliando para enfocar.



 Contrariamente a las críticas generales, no encuentro en el personaje de esta novela de Houellebecq, la descripción de un típico treintañero deprimido; más bien, la enfermedad protege la narración, nos engaña, logra tolerar su personalidad inquisidora y brutalmente enfática.

También suele describirse a esta obra como un reflejo de época, el nuevo vacío existencial que talla el consumo y las tecnologías. Y tampoco termino de coincidir.

Estamos ante una novela que sigue los conocidos tópicos de El Extranjero, de Camus, con un personaje que flota (eso es El Extranjero, un hombre que flota en la marea que lo sostiene) y en el vaivén, siente el ahogo del destino gregario. Para este tipo de personas, la sociedad es un muestrario de fracasos y sombras, atenazada por un deber ser impuesto y consensuado.

El ancla adolescente, la perenne felicidad, la belleza como antídoto circunstancial pero determinante. (Cómo iba esa canción: “Buenas y malas / noticias para vos / la belleza es / lo que te da felicidad”) Ahí va nuestro personaje a la deriva de un trabajo vacío, un amigo que se hunde en su fealdad, las mujeres que trepan en el aire, los jefes, los jefes de los jefes, las escalas en la vana escalera social.

En algún momento llegan los médicos, porque los médicos siempre llegan, tarde o temprano: los eternos gurués de la tribu. Hay oxígeno para un alma oscurecida. El odio se acomoda siempre entre las negruras. Hay amor como antídoto que siempre se acaba antes, y nunca parece volver a tiempo.

Lo entendemos en una frase: “No es que me sienta muy bajo; es más bien que el mundo a mi alrededor me parece alto.”

Después están los manotazos en la tempestad: fábulas de animales, ensayos sociológicos, pensamientos-tela-de-araña.

Yo conozco personas así. Yo conocí personas así. Yo soy uno de ellos. 


Over.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Qué, cómo!


Antes de leer El frasquito, no sabemos nada. Un libro pequeño, con cierta fama, cada tanto reeditado. Cuando empezamos a leer, no pasa demasiado tiempo para que nos golpee. Pero hablo de un golpe que no se sabe de dónde viene, hasta el punto de dudar del mismo.

Uno espera un hilo, una baranda en la oscuridad, que por dios nos digan, es por aquí, ya pasa. Nos desenfrena. La desesperación por el qué, el cómo, el dónde. La primera luz llega para el segundo adverbio: terminamos por aquiescer su forma, alguien no está diciendo algo de este modo, no hay otra. Pero el qué. Dice Goss: “Que nos cuenten un sueño, no es lo mismo que soñarlo, aún cuando se trate del mismo sueño, parte por parte”. Ahí está, la materia informe del qué: alucinaciones, sueños y cambios de narradores (¿acaso hay un narrador?). El desafío de contar algo desde un lugar inexistente, contado por nadie, hundido en un qué sucio. Entonces llegamos al dónde, buscamos el fondo de la piscina, antes de agotarnos. Y no hay fondo, ni agua ni piscina, pero ahí estamos.

Si al terminarla, alguien nos dice: esto es una porquería, tendrá razón. Tendrá la misma razón del que diga que es un asco, del que diga que es urgente y movilizadora, del que diga que quiere leerle otra vez, y otra vez más.

Quizás, lo mejor de la novela de Gusmán, es que no podemos decir nada, que compartiremos el rito de haberla leído, sin más que hablar. Citaremos, quién sabe, esos lagos de normalidad que destellan por momentos. Y nada más.

El Frasquito.    


Over.

lunes, 23 de julio de 2012

Arena.



 Decir que Juan Sasturain es nuestro Chandler vernáculo, es una estupidez.

Juan Sasturain es nuestro Chandler vernáculo, y sin embargo, lo que pareciera disminuir el valor de su pluma, más bien lo enaltece. Porque Chandler no leyó a Borges (o no se le nota), ni a Soriano ni a Arlt. Sasturain, sí. Y se nota hermosamente.
Ah, y porque nadie escribe como el creador de Etchenike, y eso ya es suficiente.

Arena en los zapatos nos lleva de vuelta a las aventuras policiales del veterano, quien otra vez hará de su perspicacia, nuestro deleite. Creo ya haber dicho bastante sobre Sasturain en otra ocasión. Y no me cansaré de repetirlo más adelante. Ahora es este párrafo, hacia el final de la novela.

“Por ejemplo – prosiguió -: existe alguien que es la persona más gorda del mundo en este momento: otro, la más alta…Pero también hay alguien, en quién sabe qué lugar, que es el hombre que más veces ha abierto una puerta o ha comido polenta o ha visto jugar más veces a José Manuel Moreno en River. Ése es su sentido en la vida y no lo sabe… Los filatelistas se creen que su vida es juntar estampillas y yo me puedo llegar a creer que seré el tipo que verá más veces Sed de Vivir, de Vincent Minelli, pero no sé realmente cuál es mi récord, el que me está esperando.”

Simple.


Over.

sábado, 12 de mayo de 2012

Máscaras.

Primero yo.
El apellido Nothomb, a mí, me lleva a tothom, que junto a gaudeix y amb, son algunas de las palabras catalanas que más me gustan. Entonces me quedo leyendo el nombre, Amèlie Nothomb, y después viene el resto. Entonces sigue la autora, el libro, la historia. La literatura.

Segundo, ella. 
Puedo fácilmente saber que Amèlie Nothomb nació en Japón, vive en Bélgica, escribió más de veinte novelas y tiene cara de mimo. Y que tiene gran éxito. Y que escribe en francés.

Se habla mucho de Amèlie Nothomb.

"Cosmética del Enemigo" fue escrita hace diez años. Yo la terminé ayer. Se lee en dos días. Es una novela corta o una nouvelle larga. No importa, se lee sin pausa.

Tercero, el libro. 
Qué decir de esta historia sin contar la historia. ¿Que se trata de un diálogo entre dos personas? Sí, claro, pero no puedo decir mucho sin anticipar el final. ¿Qué se trata de un diálogo absurdo? Puede ser, pero debo callar antes de tiempo. ¿Que puede preverse el final? Es posible, también, pero no degrada el relato.

Mejor digo que apenas empezamos, sentimos al gran Bartleby, no por el argumento, claro está, sino por la tensión de aquiescencia que se va dando al comienzo. Con el correr de las páginas, nace la empatía, odiando a uno de los personajes, y compadeciendo al otro, o más bien no entendiendo por qué no se levanta y se va. Pero cuando despunta el hastío, la historia da un primer vuelco. Volvemos a tomar posiciones, y otra vez, cuando nos acomodamos, llega la estocada final que se va derramando hasta las últimas tres palabras repetidas.

Último, la opinión.
 Estamos ante una obra que oscila demasiado en su brevedad. De repente nos atrapa y enseguida nos suelta. Cuando creemos que la historia se distingue, observamos que pierde vuelo. Cuando estamos convencidos de la originalidad, algo se confunde en lo previsto. Sí, está bien, pero cuando está por perder el rumbo, se termina. Frenar, antes de caer, no es poca cosa. Para nada, poca cosa.


Over.

martes, 8 de mayo de 2012

Viaja bien. John Barth.




Habría que ver. 

En el viaje en el tiempo, pasaría por 1956 y le preguntaría a cualquier lector de The Floating Opera su parecer. Le diría que yo existo 56 años después (qué extraña quedó la última oración, algo está mal, pero queda bien). Eso sí, antes de que se ría de mi tonta ocurrencia, le pediría que me cuente qué sintió al leerla, porque usted sabe, dentro de 56 años habrán cambiado muchas cosas, como puede imaginar, la gente habla por teléfono por la calle, casi no hay discos, la televisión tiene mil canales y los coches van mucho más rápido. Es un poco triste, es verdad, pero no crea, hay cosas interesantes también.
 
Ah, sí, la novela. Usted puede creer que dentro de 56 años, esta novela es tan actual y fresca como ahora, es moderna, como se dice. A ver, el trío amoroso que forman Todd con Jane y Harrison, nos suena extraño, aún hoy, digo, dentro de 56 años. Quizás nos parezca más probable, si se quiere, pero no es la más común. 
La gente sigue pensando en suicidarse, o en entender al padre. No todos escriben un libro, claro, pero el sentiemiento está. ¿No le pareció fascinante esa sensación inminente de muerte que tiene el personaje a causa de su débil corazón, eso de creer que en un minuto, o dos, o un día, se acaba todo? ¿No es atrapante el modo en que todo se narra con humor e ironía, y a la vez golpea con una realidad pasmosa? Ni le digo de los apuntes "filosóficos", no tan profundos pero sí tan precisos. Y los viejos, los jóvenes, el miedo a crecer, la imposibilidad de trascender sin desanudar el pasado. O qué decir de esa empatía con el personaje cuando en vez de morir, decide matar a todos. Porque o nos pegamos un tiro, o bien borramos al mundo que nos rodea, con nosotros en medio. Nos vamos todos. Todos.

Por eso, sepa que dentro de 56 años, esta novela será tan grandiosa como lo es ahora, y el asombro es el mismo. Exactamente el mismo. ¿a usted le gustó tanto como a mí?


Over.

domingo, 15 de abril de 2012

Continúa Sasturain. Sigue.

La Lucha Continúa es una novela de Sasturain producto de la compilación de entregas que fueran publicadas en el diario Pagina/12 en la última década del siglo pasado. El mismo Sasturain ataja críticas en su prólogo, advirtiendo sobre la acumulación quizás excesiva de personajes o sobre la calidad del argumento. No miente, pero esconde.

Esconde seguramente que estamos ante una obra apasionante, mezcla de humor, aventura, reflexión urbana, política y ficción. Sí, todo eso tamizado por la pluma de uno de los más sólidos escritores argentinos.

Creo haber leído casi todo lo que publicó Sasturain hasta la fecha. Y nunca me estremezco ni me alarmo ante las coincidencias de estilo con Chandler o Soriano. Porque no los copia, más bien los tiene internalizados y en su literatura caben perfectos sin desconfiar. Tampoco son homenajes. Quizás, la escuela de historietista que lleva dentro, nos mueve el enfoque y nos damos cuenta que estamos ante alguien diferente, si es que esto último tiene algún valor por sí solo.

En la Lucha Continúa, vuelve nuestro Marlowe vernáculo, Etchenique, vuelve Subjuntivo (cuyo nombre es todo un hallazgo), pero sobre todo estamos ante una aventura sin freno, repleta de reflexiones asombrosas, de un ritmo enloquecedor, donde todo se vuelve grotesco sin caer en la exageración. Porque de repente entra la ciencia ficción, imponiendo sus reglas y uno que termina aceptando todo como si fuera lo más natural.

Estoy de acuerdo con su autor: la historia se vuelve un poco confusa por momentos, y la cantidad de personajes no ayuda. Y también estaría de acuerdo si dijera que abusa de las comparaciones del tipo “como”, aunque no encontré ninguna que no sea precisa y original. Y no discutiría tampoco que, al igual que sucede con Saramago, sus novelas se extienden un poco más de la cuenta y los finales no están a la altura de lo que preceden.

Esta bien, no importa, porque Sasturain ya publicó Los Sentidos del Agua, que junto con Manual de Perdedores y Pagaría por no Verte, son obras imperdibles de este autor argentino. Ni siquiera afloja con Parecido S.A., esa novela dirigida al público adolescente, que ningún adulto puede dejar de leer sin regocijo. Supongo (deseo) que el tiempo ponga en su verdadero lugar a este escritor enorme, quizás tontamente castigado por el hecho de narrar aventuras sin el supuesto registro serio que deben tener los consagrados. Consagrados, qué palabra!




Over.