martes, 6 de mayo de 2008

Pozo negro


La mano que tu cara lava, lava mi ahogo,
también
corrige a la mañana los restos del insomnio,
las esquirlas del sueño antiguo.
Lame mi sueño tu sueño de medallas;
Felicitaciones, has llegado primero.
Todo se reduce.
Se reduce a la roja luz de stand by;
Diminuta Flor de estos tiempos.


Over.

lunes, 5 de mayo de 2008

Otto, Anna!





Over.

Entonces



Era cuando viajábamos en trenes de aquí para allá y el tiempo pasaba sólo de noche. Le ganábamos un día a la noche y la noche no lastimaba.
Era cuando apenas si pesaban los candados y los amuletos, y el mar era tan simple.
Era cuando el rencor no intoxicaba la risa y ni siquiera se ensayaban antídotos contra la desmemoria. Desmemoria, ya ni uso esa palabra.
Pero hablo de mucho antes. De cuando la presunción de lluvia era suficiente. Hablo de cuando nos veía pasar la Ciudad, y las voces de luz acertaban nuestro destino. La borra del café estaba sobornada, de eso no me cabe dudas. El plan incluía injurias y caricias. Lo que nadie anticipó fue el muro. Un muro vegetal que crece a fuerza de años y despedidas. Y no hace falta que se riegue, funciona siempre. Como la mentira o el dolor.


Over.

domingo, 4 de mayo de 2008

Inesperadamente, Roald Dahl

A mí, el nombre Roald Dahl siempre me olió a anagrama. Cuando apuesto, pierdo, y siempre aposté que no era ése su verdadero nombre. Casi me defiendo al saber que su padre se llamaba Harald, pero no, no hay caso. Es su nombre. Su nombre inglés con ingredientes noruegos.
Otro más en la lista de autores para niños y adultos. Ya lo sabemos, De Santis por estas pampas, o Stevenson, allá lejos. Supe de grande que lo había leído de niño, o visto, o escuchado. Supe de grande que tenía el pulso para construir cuentos impecables.

Prolijo y sin aspiraciones rupturistas, no me juego nada si digo que sus historias están trabajadas desde un fuerte apoyo en el argumento sin interesarse en la construcción semántica, esa en la que se elige celosamente cada palabra. A un inglés, eso se le admira. A un argentino se le achaca. Y está bien.
En la portada de mi Collected Short Stories, una crítica del Observer lo define como “The absolute master of the twist-in-the-tale”- (esa hyphenated word, en nuestro idioma prescinde de los guiones y no es más que “vuelta de tuerca”). Y tiene razón el comentario, ya que de repente, cuando el final parece atado, un misterioso soplo termina con los nudos y todo cambia mágicamente ante nuestra atenta mirada.
Tomo este cuento, “The way up to Heaven” (“El Camino al Cielo”, del libro KIss Kiss, de 1960. Siempre me fascinó y lo sigo leyendo y el hechizo está intacto. Más o menos es así:
Un matrimonio rico que vive en Nueva York. La señora que sufre obsesivamente por el mero hecho de llegar tarde a algún lugar. Sufrimiento que se vuelve casi insoportable. El señor, que no concibe esta forma de angustia, durante muchísimos años va llevando al límite la tolerancia de su mujer, haciéndola sufrir. Pero la señora es grande y jamás aceptaría reprocharle a su marido esa actitud. Hasta que un día, la señora se ausentará de su mansión por seis meses ya que viajará a visitar a su hija y sus nietos que viven en París. Por primera vez la señora viajará sola, y su marido se mudará al club durante ese tiempo. La casa quedará cerrada. Ya afuera de la mansión de seis pisos y una vez dentro del coche que los llevará al aeropuerto, el señor dice haber olvidado un regalo. La señora sufre sin medidas, y entiende que ese olvido pudo haber sido adrede. Debido a la tardanza, la mujer desciende del coche y llega a la puerta de la mansión. Va abrir la puerta y un monótono ruido la detiene. Pasan uno segundos. Los suficientes. La señora vuelve al coche y le informa al chofer que su marido no vendrá, que se apure, que el avión está por partir.
Pasan los seis meses en París. La señora no ha olvidado escribirle a su marido. Cuando llega a New York le parece extraño que su marido no le hubiese enviado un coche. Llega a la mansión. Abre la puerta y ve toda la correspondencia tirada en el piso. Siente un olor particular. Camina hacia el escritorio de su marido y mientras recorre el ala izquierda, parece corroborar algo. Toma el teléfono y pide que por favor envíen a alguien para que arregle el ascensor, que según marca en planta baja, está trabado entre el tercero y cuarto piso.
Como en todo buen cuento, los giros se presentan a través de unas palabras, una línea, una pausa. El estado de inmovilidad en la puerta de la mansión es la primera vuelta. El “olor particular” es de una sutileza soberbia. La palabra “ascensor” termina de girarlo todo.
Ojalá haya transmitido el sentido del cuento. Ojalá haya encendido la curiosidad de su lectura. Ojalá sea el ingreso al universo Dahl.
Roald Dahl. Ese autor que no se estudia en las universidades. Se disfruta.






Over.



PD: Francois me apunta algo que había olvidado. El gran Dahl publicó un libro de cocina, llamado precisamente, Roald Dahl's Cookbook. Y más aún, debido a tener una suerte familar equivalente a la de nuestro Horacio Quiroga, fue el inventor de la vávula Wade-Dahl-Till, dispositivo que se usa para aliviar la presencia de líquido en el cerebro. El invento nació a partir de un accidente que tuvo el hijo de Dahl, Theo.

viernes, 2 de mayo de 2008

Una plegaria por el humor de Woody

Recuerdo un compañero que despreciaba a Woody Allen porque según él, su cine era teatro filmado. Es decir, despreciaba una técnica. Woody estaría de acuerdo con él, y hasta le diría que se quedó corto, que lo suyo es radio con imágenes. Es más, la próxima película podría estrenarla en una emisora. Dejando de lado los comentarios de alumnos cuyas mentes son lavadas por profesores de cine, una profesión peligrosa si las hay, me voy a referir a la literatura del gran Königsberg.


Antes de que su magnánima filmografía nos enriquezca la vida, Woody escribió libros con cuentos o escenas o sketches, al estilo de un gran escritor de comedias. Con el tiempo escribió algunos cuentos más, y varias columnas en periódicos de Estados Unidos como el New Yorker.

A ver, sus cuentos son como sus películas, en el sentido de que contienen un humor explícitamente sofisticado. Algunas gracias son más claras, pero otras están tamizadas por el ingenio y la cultura de Allen, por lo que podemos llegar a perdernos el punto exacto de su intención. Muchas historias toman características judías para ridiculizarlas, como un Norman Erlich americano con una que otra idea más interesante…

No sé si se puede juzgar literariamente a sus cuentos. Tengo la impresión que su objetivo es meramente formal y se ciñe a su contenido, sin importarle demasiado lo “literario”. Aunque quizás, el hecho de que sea un soberbio director, no permita un análisis más riguroso. Como están las cosas, se puede perdonar una estafa o un engaño amoroso, pero de ninguna manera se puede absolver a un artista que intente triunfar en dos oficios. Hasta hoy, eso es así.

Recuerdo algunas líneas de sus cuentos. Una que decía que para un hombre que está en la orilla de un lago, el tiempo pasa más rápido que para aquel que está en un bote. Más aún si este último está con su esposa. O esa historia de una supuesta conspiración para afeitarle el bigote a Hitler que terminó fracasando ya que el que debía perpetrar el acto, terminó cortándole una ceja.

O este párrafo que traduzco a continuación. Corresponde al cuento “No Kaddish for Weinstein” (Algo así como “Ninguna plegaria para Weinstein”. La traducción “oficial” “Nadie rezará una Kaddissh por Weinstein”, no me convence para nada) y dice así:

He had been a precaucious child. An intellectual. At twelve, he had translated the poems of T.S. Ellito into English, after some vandals had broken into the library and translated them into French. And if his high I.Q. did not isolated him enough, he suffered untold injustices and persecution because of his religion, mostly from his parents. True, the old man was a member of the synagogue, and his mother, too, but they could never accept the fact that their son was Jewish. ‘How did it happen?’ his father asked, bewildered. My face looks Semitic, Weinstein thougt every morning as he shaved. He had been mistaken several times for Robert Redford, but on each occasion it was by a blind person. Then there was Feinglass, his other boyhood friend. A Phi Beta Kappa. Then a convert to Marxism. A Communist agitator. Betrayed by the Party, he went to Hollywood and became the offscreen voice of a famous cartoon mouse. Ironic.

A continuación, mi arriesgada traducción para que la risa sea en dos idiomas:

(Weinstein) había sido un niño precoz. Un intelectual. A los doce años, había traducido al inglés los poemas de T.S. Elliot, después de que algunos vándalos habían forzado la entrada de la biblioteca y los habían traducido al francés. Y si su alto nivel intelectual no lo aisló lo suficiente, sí sufrió innumerables injusticias y persecuciones por su religión, en su mayoría por parte sus padres. Por cierto, el padre era miembro de la sinagoga, tanto como su madre, pero nunca pudieron aceptar el hecho de que su hijo fuese judío. “¿Cómo sucedió esto?”, se preguntaba, desconcertado, su padre. “Mi cara se ve semítica”, pensaba Weinstein cada mañana mientras se afeitaba. Varias veces había sido confundido con Robert Redford, pero en cada ocasión se trataba de una persona ciega. También estaba Feinglass, su otro amigo de la niñez. Un Phi Beta Kappa. Luego convertido al marxismo. Un agitador comunista. Luego traicionado por el Partido, terminó yendo a Hollywood para convertirse en la voz en off de un famoso ratón de dibujos animados. Irónico.

Over.

PD1: Amit me cuenta que una Kaddish es una plegaria que el pueblo judío reza cuando muere una persona. Que en realidad, esa plegaria se llama Kadish Yatom, ya que Kaddish es algo más amplio, pero se toma es palabra como rezo o plegaria en memoria de los muertos.

PD2: Phi Beta Kappa, es algo que yo nunca obtendré o del que nunca formaré parte. Creo. No, estoy segurísimo.

jueves, 1 de mayo de 2008

Pozo negro


Atado al sueño de la sangre
Que pulsa ríos en mis venas
Sometido a su cadencia
No reclamo los días de tu cara,
ni el negro fin de tus quimeras,
ni la parca hambre de tus manos

Si eres alguien aún, si te roza el infinito,
tuya esta telaraña pretérita, de lujos
y traducciones de cartas finales,
de noches, adioses y letras que matan.

Luna de mis dedos, gotas de tu sangre
Todo lo que dije, todo lo que calle
que no sea más que el mensaje irreal
de una lengua que miente.



Over.

La realidad de la ficción, o un título más cursi. Elija


Hay un hombre que está pensando en un cuento. Está frente a la pantalla y no se le ocurre nada. De alguna manera, todas las historias que imagina lo tienen como personaje, pero no tiene ganas de involucrarse en la historia. Busca el paquete de cigarrillos, saca uno y lo fuma de a poco. Cuando lo termina va a la cocina y toma un poco de agua. Cuando vuelve, ve el cigarrillo entero, sin fumar, apoyado sobre el cenicero. Lo mira un poco extrañado. Al rato lo enciende y lo fuma. Comienza a escribir algunas palabras. Las borra. Así otras tres veces más. Ahí es cuando mira el cenicero y ve el cigarrillo otra vez entero. Le entra cierto malhumor. Decide encenderlo otra vez. Mientras fuma se queda mirando el cenicero y se da cuenta de que está lleno de cenizas. Ahí el malhumor se transforma en preocupación. Al terminarlo, retuerce el cigarrillo contra el vidrio azul del cenicero. Se lo queda mirando. De repente sonríe por lo que está haciendo y piensa que ése podría ser un buen comienzo para un cuento. Empieza: “Está cerca de la ventana, tratando de volver al lugar con los ojos, y mientras fuerza el recuerdo, enciende un cigarrillo y lo fuma con placer. Cuando cree recordar algo, lo apaga sobre el cenicero y empieza a caminar por la habitación. Cuando vuelve a la ventana, mira el cenicero y ve que el cigarrillo que acaba de apagar, está entero nuevamente.” Cuando llega a este punto, mira el cenicero y ve que sólo está la colilla marrón, toda doblada y aplastada. Busca el paquete y ve que faltan tres cigarrillos.



Over.