domingo, 15 de septiembre de 2013

El que avisa, no es traidor.



A la conocida frase: “home is where the heart is”, parece competirle la no menos famosa: “El hogar está donde uno vive”. No es sorprendente, lo sé, ya todos aprendimos que todo adagio tiene su contra-adagio, por lo que eso del saber popular tiene más del adjetivo que del sustantivo. A saber:
“Al que madruga, Dios lo ayuda” – “No por mucho madrugar, se amanece más temprano”
“Más vale pájaro en mano que cien volando” – “No dejes para mañana…”
“Hazte fama y échate a dormir” – “miente, miente y miente, que algo quedará”
“Más vale estar solo que estar mal acompañado” – “La soledad es mala consejera”


Y para terminar, al campestre: "¡Palo que nace doblao jamás su tronco endereza”, le podríamos contrastar la resiliencia, tan de moda en la psicología, y tan antigua en la ingeniería. Aunque eso de “volver al estado original”, me hace un poco de ruido. Pero eso es harina de otro costal.


Over.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Que sí, que no, que a lo mejor.



Qué lentas noches de Borges y el país en los sueños. Escribo lo que ya muchos escribieron mejor. Pero es mi noche en mi lejanía y con los dedos esclavos en sus teclas. Otro texto amonontonado.





Mientras se quitaba la boina, pudo escuchar la inconfundible voz de Horacio. Las palabras le salían de la boca como pausados impulsos eléctricos que dejaban un eco tenue y corto. A su lado estaba el chileno que con ojos impacientes iba siguiendo la explicación.



-    El truco es un juego de reglas, como todos, y de reglas básicas, claras y fáciles. Se puede dividir en dos. Una primera parte donde las cartas del mismo palo suman sus valores, menos la sota, el caballo y el rey que valen veinte. Si sacamos los ocho, los nueves y los comodines, que es como se juega al truco, el número más alto es el 33, o sea, un seis y un siete, ya que siempre se le suman veinte puntos, a no ser que algún numero esté acompañado de la sota, el caballo y el rey, en cuyo caso, dichas cartas ya suman veinte de por sí. Es decir, una sota de oro y un siete de oro, suman veintisiete. Por último, si tenés una sota y un caballo o un rey y un caballo o un rey y una sota de un mismo palo, sólo suman veinte. Obviamente, el que suma más puntos gana. En la segunda parte, la cosa es mucho más fácil. Las cartas tienen un orden de valor, es decir, está la que vale más y de ahí para abajo. En una punta está el as de espadas y en la otra, cualquier cuatro. Te anotás esto que te dije en un papel y yo creo que después de cuatro o cinco partidos, aprendiste el juego. Pero el truco es otra cosa, algo más misterioso, más sutil, y que se perfecciona con los años. Te diría que es bastante más probable que gane el que sabe mentir al que tenga las cartas de mayor valor. Eso es, el juego de la mentira, de la provocación, de la especulación. Entonces se convierte en algo sucio, porque como te dije, es lícito ganar mintiendo. Es más, se celebra esa victoria. Voy más allá. En cierto modo, no importa siquiera las cartas que tengas en las manos. Es tu mirada, tus palabras, lo que decís, lo que callás, el miedo que leés en la cara del otro, un dedo que se dobla, una ceja que tiembla, un cigarrillo que se enciende, la mano pasando por la nariz. Son todos indicios, claves, posibilidades. Imagínate: con el tiempo descubrís que cuando un jugador tiene buenas cartas, el ojo izquierdo le parpadea diferente.

-      Sí, voy entendiendo, la próxima vez que le parpadea...

-     Sí, pero cuidado, porque ese jugador puede saber que vos lo adivinaste, o simplemente repitió un patrón para hacerte creer algo. Entonces esa certidumbre está envenenada, entendés. Hay intuiciones también, vos sabés, esas creencias cuya raíz es inexplicable, pero están ahí, te empujan, te mueven, te hacen decir algo con seguridad. Vos sabés que el otro tipo parpadea. Vos sabés que el sabe que vos sabés. Vos pensás que entonces no tiene nada y que quiere hacerte creer que tiene por eso del patrón. Pero en realidad tiene un buen juego, y vos lo sabés, de alguna manera lo sabés. Es algo sin fin, creer que el otro sabe lo que vos sabés, pero no saber qué hará con ese hallazgo.

-      O sea que si juego ahora, lo más probable es que pierda.

-   Puede que sí o puede que no, pero no es tan así. Pensá esto: vos me acabás de escuchar y deducís que yo voy a pensar tu jugada todo el tiempo, que te voy a estar mirando, que voy a esperar a que algo te traicione y me diga lo que vos no querés decir. Pero vos también lo sabés, y lo más probable es que no sigas ningún patrón, que te ates al valor de las cartas y evalúes si pueden tener éxito o no. Vos sabés que yo voy a pensar eso, que no me vas a mentir, porque creés que yo te voy a adivinar. Pero esa presión te va a hacer mentir, y a mí me puede condenar.

-      O no, porque ya sé que pensaste esa posibilidad. Pero es como si de tanto hablar me quisieras hacer jugar como tú quieres que yo juegue. Me haces pensar que ya has pensado todo y que no te podré ganar nunca, ¿no?

-      Ves, ya empezó el partido. Che, ¿dónde dejaron las cartas?


Over.

Una cosa así.



Um poema como um gole d'agua bebido no escuro.
Como um pobre animal palpitando ferido.

 
Un poema como un sorbo de agua bebido en la oscuridad.
Como un pobre animal palpitando herido.

Màrio Quintana (Río Grande do Sul, Brasil, 1906-1994)

Over.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Los Idolos, de Manuel Mujica Lainez



Empecemos por este lado. Eduardo Wilde, argentino, de profesión médico, fue, a su vez, un gran escritor. Uno de sus cuentos más famosos es Tini, la historia de la muerte de un niño. El cuento es tan triste que al mismo autor le daba una profunda pena el destino de aquel chico, y siempre comentaba que hubiera preferido que se salvara. En este entretejido de artificio y realidad, llegó el salvador. Su nombre es Manuel Mujica Lainez, y el bálsamo literario se llama “El Hombrecito del Azulejo”. En ese cuento, el propio Wilde aparece como personaje, ejerciendo su profesión de médico, y ayudando a que un niño se salve de una grave enfermedad. Esta última compensación literaria nos ubica de ese lado sensible del autor argentino y nos deja pensando en “Los Ídolos”, la novela editada en 1952 y que no ha dejado de ser una metáfora sobre la amistad.

En la superficie nos permite una historia de dos entrañables amigos a quienes el descubrimiento adolescente de una famosa novela los trabará para siempre. Lucio Sansilvestre, el autor de dicha novela (llamada precisamente “Los Ídolos”, única obra del escritor), podría ser una especie de Rulfo, de Rimbaud, de Salinger, cuya obra está inexorablemente signada tanto por lo genial como por lo breve. La misma pregunta los ata y los ahoga: ¿Por qué no han vuelto a escribir? Bien, ése es un lateral de la novela. Pero hay otro más fatídico e infeliz. “Los Ídolos” es justamente una historia del fanatismo, de la renuncia a lo que somos para convertirnos en oscuros seguidores de Otro cuya existencia nos hunde y nos sacrifica. Todos los personajes están sumergidos en esta desdicha. Nadie se salva, todos están trabados en los mecanismos que los harán más tristes a medida que los años los envejezcan. Entonces la metáfora también se ocupa de la idolatría, que no es más que una profunda versión de la soledad.

Se sabe que es imposible juzgar una novela como buena o mala. Podemos decir que nos ha conmovido o que nos ha empujado al aburrimiento. Es difícil que Los Ídolos provoque esto último. Muy difícil.
Por último, no podemos olvidar una mueca de Mujica Lainez. Parece una obviedad concluir que la novela “Los Ídolos” no existe, ya que es producto de la ficción, escrita por un tal Lucio Sansilvestre, y cuyo extremo admirador es Gustavo de N... Pero Manucho logró que en nuestra vida real, debamos pedir por esa novela inexistente, y que hasta la podemos conseguir.

Over.

viernes, 30 de agosto de 2013

Palabritas.





Un rumor espeso y detenido, algo así como una bocanada de aire frenada en tiempo y espacio, una dangling hope como gancho a la deriva. Quisiste decir algo, o escuchar que lo dijeran, lo mismo da, porque el vacío fue un golpe, el silencio. El silencio, o I surrender, dear, a veces es más simple.


Over.
 

jueves, 22 de agosto de 2013

Intemperie.





Según reza en todas partes, es ésta la primera novela (editada) de Jesús Carrasco. Lo que no dice, claro está, es que debe escribir desde hace muchos años, y sólo basta leer Intemperie para darse cuenta de que no estamos ante una típica novela de iniciación.

El estilo es muy particular, y no es difícil relacionarlo con Delibes. Al menos, lo encuentro en Los Santos Inocentes, novela que no he terminado aún, que me cuesta terminar, una “cortazariana novela macho”, pero eso es otra cosa, estoy aquí, con Carrasco, con Intemperie, con esta enorme historia.

La novela tiene un argumento muy sencillo, y por eso la hace desesperante. Todo comienza con un niño escondido en una especie de agujero, observando y escuchando a quienes se supone lo buscan o lo acechan. Ahí está Anna Frank, ahí está Tooru Okada, de Murakami, ahí está, por qué no, el muerto que habla de Walsh. Ya en esa escena, uno recibe el estilo de Carrasco, sabe que todo será narrado de tal modo que hasta uno tendrá la sensación de estereograma, que los olores y los miedos y la agonía trascienden el texto y promueven una respuesta casi física: el dolor que leemos, nos duele.

Todo es sordidez y desamparo. Los fantasmas van apareciendo de a poco, asustan y se van, hasta que en algún momento acorralan y provocan la reacción. Por caso, uno puede intuir la razón de la huida del niño, pero no creo que se pueda acertar lo que en realidad la fundamenta, explicado casi al final de la obra, de manera bestial y conmovedora.

Se podría analizar la novela en clave de símbolos, no obstante, estoy seguro de que el autor lejos está de haberla pensado de tal modo. Más bien, la intención es evitar los rodeos, y mientras la descripción del paisaje y el clima son sosegados, a la hora de describir hechos críticos, se enardece la brutalidad con una precisión asombrosa.

Por otra parte, me arriesgo a afirmar que habrá al menos dos palabras por página cuyo significado será desconocido. La altivez de la aseveración no me describe, estoy seguro, porque la realidad es que hay una cantidad de vocablos que no se relacionan con una actividad o técnica, cosa que haría obvia la proliferación de los mismos. Más bien tiene que ver con una agrupación de palabras pertenecientes a lo rural, y quizás, lejos del registro moderno. No llego a decidirme si esto último se transforma en un obstáculo, toda vez que guarda un equilibrio a lo largo de la narración. Yo, al menos, lo conecto con la lectura en otro idioma. Cuando, por ejemplo, leo a Henry James en su idioma original, no son pocas las palabras que desconozco. Aún así, jamás ha opacado, esta ignorancia, la belleza de sus obras.

Por último, me preocupa el porvenir de la narrativa de Carrasco. Comenzar así, digo, lo posiciona en una altura casi desmedida. ¿Qué hará con este fuego que no permitirá algo inferior? Esa duda me solicita el próximo libro. Atentamente, su próximo libro.


Over.



lunes, 12 de agosto de 2013

Bajo en lo alto, o bajo en la cima, o ven a casa a olvidar.



Fui porque cuando me habló, sentí lo mismo que cuando me hablaron a mí, pero aquella vez no vinieron. En otras palabras, no era yo el que iba, sino ella que no lo había hecho, y yo que intentaba reparar inútilmente esa bronca. Entonces cuando llegué y me abrió la puerta, pensé en qué cara poner, qué palabras no decir, qué movimientos permitirle a mi mirada. Todo era un ensayo. ¿Querés café, coca-cola?

Miré los libros: no había nada nuevo. De repente sonó el teléfono. Ella miró el número y me dijo: ¿te molesta si atiendo?, necesito hablar con esta persona. Cerré los ojos, levanté los hombros, sí, claro. Ella dudó entre la cocina y el pasillo hacia las habitaciones. La voz empezó a alejarse y ya la sentí muy lejos. Fui a los discos.

Con un dedo iba guiando la mirada sobre los nombres: Chet Baker, The Dave Brubeck Quartet, Sony Rollins, una hermosa antología de canciones de Gershwin, Miles Davies, Count Basie, Bill Evans, toda esa red básica del jazz que habíamos aprendido juntos. Creo que cuando llegamos a Monk, las cosas ya estaban mal. Sí, estoy seguro.

Casi fuera de su lugar, sobre un libro, encontré Bass on Top, de Chambers, un disco que yo le había traído de mi casa, y que con el tiempo quedó ahí. Recordé el disco. Lo primero fue: “Bajo en la cima”. Puede ser alguien o algo bajo que está en la cima, o bien que yendo hacia a alguna parte, decide bajarse ahí, en lo más alto. O mejor, “Bajo en lo alto”, ése estaba bueno. Después vino lo otro, lo del pez y el instrumento: the bass playing the bass, a ver, qué tanto: I left the bass into the huge vase. A vase can be used as a fish bowl, so that, before dropping the bass, I took away the bass. No, está bien, no hay lubinas en las peceras.

Creo que se lo dije a ella, se lo expliqué, y a lo mejor sonrió, porque me conocía. Encima está esa You´d be so nice to home to. Siempre sentí que le podía agregar algo: to sleep, to forget, to jump, to understand. A veces lo hacíamos juntos. Antes de Monk, claro, mucho antes. Yesterdays, por suerte instrumental, sin su tonta letra, o Confessing’, que con un poco de esfuerzo podría haber sido un tango, con su letra y todo.

Pasaba el tiempo y ella no volvía. Podía oír a lo lejos que la conversación continuaba. Con quién hablaba. Si yo hubiese sido ella, digo, si yo hubiera estado en su lugar, no habría atendido, porque yo estaba acá, porque la necesidad no era mía, por tantas cosas que se mezclaban ahora y para siempre, entre la música y los cuentos que conté y me contaron, el deterioro del deseo, la imposición del desamparo, la inercia, y yo que soy feliz barajando palabras, no podía evitar el silencio, la necesidad de que entienda que no quiero decir nada. Pero fui, porque yo hubiese querido que vinieran, quizás sin sentido, como suele ocurrir. Por eso cuando apareció, un poco con culpa, le acepté un té, porque quería ocupar la boca con el calor, o escuchar el disco, quién sabe, nadie sabe nada de todos modos. 


Over.