miércoles, 5 de noviembre de 2008
¿La media res?
Entonces hay que destruir la cosa amada, sustituirla por la insignificancia de la ausencia. Rebajarla al olvido. ¡Pero nada de completar agujeritos!; menos aun dejar que se imponga una posibilidad de ese objeto del deseo. Porque detrás del espacio rellenado siempre subyace el molde primigenio, y esa nada que se cubre termina siempre mostrando los bordes, algo sobresale y molesta.
La cosa amada va más allá de los cuerpos, trasciende esa necesidad física, se transforma en un bálsamo que nos va llevando de las narices hacia donde quiere. Volvemos siempre al mismo sitio y exigimos el mismo discurso, un discurso que se apaga apenas termina. ¿Me querés? Qué importa tu “sí” o tu “no”, volveré a preguntar, porque estoy perdido y no me sirve lo que me decís, no te estoy preguntando nada, estoy confirmando mi insatisfacción.
Hay que soltarse de la cosa amada para poder reconocerla de nuevo, quemarse y salir corriendo. A veces se necesita un poco de voluntad y suerte, pero a decir verdad, lo más probable es que lleve toda la vida. Mientras, vamos a negar el agujero, lo vamos a disimular con telarañas y sexo, con la esperanza de que algo cambie sin nuestra intervención. Juraremos que la ceguera es falta de luz, una densa tiniebla que ya se abrirá.
La res amada. La res cogitan. La res extensa. La no res. La sustancia del amor, traficada por los cuerpos, y encima explicamos mil veces lo inexplicable. Abro la mano, sí, pero me aferro con la otra. Siempre.
Over.
lunes, 3 de noviembre de 2008
Una de Bolaño.
Se me ocurre empezar así: Imaginemos que un autor escribe “El Libro de Manuel”, y con su inédito pasea por las editoriales para que le publiquen el libro. Lo más probable es que no le lleven el apunte, y estaríamos todos de acuerdo.
Claro, en la realidad se trata de “un Cortázar” y a partir de allí se edita y se vende. Pero todos sabemos que no correría suerte alguna si se tratara de un autor desconocido.
Dentro de un corpus, es casi seguro que se encuentren altibajos, y queda a consideración del talento del escritor, la formación de esa suma de obras, a qué le otorgará su firma y a qué no. La lucidez de apartar y eliminar, también fundamenta la agudeza del ingenio.
Tengo la sensación de que se trata de ese tipo de novelas que casi cualquier escritor jamás termina, que abandona a mitad de camino y se da por vencido. Vayamos al grano: hablamos de una novela sobre un hombre quien, convaleciente y con fiebre, con la certeza de que va a morir pronto, comienza a recordar ciertos pasajes de su vida como sacerdote. Debo admitir que en cuanto un tema empieza a aflojar, enseguida comienza uno nuevo.
No está ausente el estilo de Bolaño, digamos, su nivel literario. Hay que escribir 150 páginas casi sin diálogos directos. Digo, escribirla, que no sea un stream of consciousness y encima que se deje leer. Eso ya es un acierto. En cuanto al resto, repito lo que dije antes, hablamos de una obra dentro de un corpus.
Over.
PD: Hacia la mitad de la novela, aparecen dos personajes cuyos nombres son: "Odeim" y "Oido". Este último, como se ve, no lleva tilde y no rompe el diptongo. El español es claro en eso, y si la tilde no está, no se pronuncia. En un momento, el personaje lo aclara: "Soy Oido, no Oído, Oido". Creo que se trata del miedo a que no se entienda la pronunciación, o bien, se pensaba en la posible traducción del nombre. No lo sé. No era necesario y punto.
domingo, 2 de noviembre de 2008
Pozo negro
No me hundió la luz ni la memoria,
Ni tu silencio ha revocado mi insistencia
Obstinados, impedimos que la suerte
Nos ampare sin esfuerzo.
¿Habrá tierra, cielo o mar todavía?
¿Acaso no te has hastiado de sospechar?
Sigamos jugando, torrencialmente,
Como si no existiera la hora de sentir.
Over.
sábado, 1 de noviembre de 2008
Epílogo
Piensas en letras, palabras, oraciones, párrafos. En Ana Bloom que envía correspondencia desde ese lugar donde las cosas un día están y al otro día desaparecen. Ella ha viajado lejos, (deseas que sea lejos), en ubicuo tiempo y espacio que igual se evapora en el mapa. También llega Demetrio Rota, que entre puzzles y basura, entre viajes que no cesan, busca una tregua que redima su agonía. Más lejos se aproxima Duncan, que en manos de su fiel guerrero, no sabe que viaja hacia la muerte infiel. Y más cerca, Otálora, traicionado con forzada simetría, que viaja al Uruguay a cerrar su destino, sin darse cuenta hasta el final de que nunca se ha movido, que su hora ya lo había alcanzado antes de partir. O esa inmensa K, que supone un hombre y esconde una raza, alzando la mirada a ese tantálico castillo que lo ve viajar y que lo viaja al mismo tiempo.
Va a ceder la noche pero antes, también, te muerde ese “fusilado que vive”, el que viaja en el camión, a quien el azar le permite seguir abriendo los ojos al otro día, a todos los días que siguen para contar lo que vivió. Hasta que giran las horas y ves que tu reflejo te ha acompañado todo el tiempo. El horror gana tu rostro cuando descubres que has unido viaje, literatura y muerte. Un grave pensamiento alivia tu hallazgo: un cierre general que enlaza todas las vidas y las reduce al mismo abandono, un Apocalipsis personal que puedas manejar a tu antojo.
Te encantaría ese poder. Pero ahora mueves la copa y levantas la mirada. Se te viene otra vez la palabra viaje y te parece mentira que no te hayas movido de tu sitio. En ese instante, buscas tu cara con los dedos y empiezas a dudar.
Over.
Su pueblo.
Ahí se quedaban sólo los abuelos con reuma que venían para las curas de agua caliente en uno de los tres balnearios. En verano, los viejos se sentaban en las terrazas de los bares y miraban cómo se trasparentaban nuestros pezones a través de las camisetas, aún demasiado pequeños para meterlos dentro de sujetadores. Tampoco había ninguna tienda de sujetadores, pero sabíamos que Marta, la chica más guapa de clase, tenía unos blancos con puntitas rosadas. Se los habíamos visto en el vestuario, antes de la clase de gimnasio. A escondidas, el martes, día de mercado en la plaza, cogía la lista de la compra que mi madre colgaba de la nevera con un imán y me lanzaba a la compra de naranjas para exprimir y, a la vez, a la búsqueda de esos pequeños sujetadores. Pero en todos los puestos sólo habían prendas enormes de un horrendo color beige, como fabricadas para las glándulas mamarias de una vaca lechera.
De todas formas, mientras me tomaba el zumo de naranja diario que, según la versión oficial de mi madre, me ayudaría a crecer y a ahorrarme unos cuantos resfriados, me asustaba la idea de hacerme mayor en el pueblo. Veía a diario la mujer de la librería, con su gruesa verruga como una bolsita de sangre violeta, colgando del labio, sacando el polvo de las novelas amarillentas del escaparate, las tres chicas de la peluquería con el cabello de un idéntico rojo chillón que salían simultáneamente con el mismo chico en sábados alternos, la farmacéutica con ese marido como de juguete que tenía que subirse a un taburete para alcanzar los medicamentos, las dos gemelas siempre vestidas idénticas sentadas en el banco del parque mientras su matriz se iba resecando al mismo tiempo que su piel, esa chica sin dedos en las manos que se dedicaba a cuidar niños, la cartera que se mató el mismo día que estrenaba coche a trescientos metros de la salida del pueblo, y las monjas.
Mientras en mi cajón no hubiese ese pequeño sujetador, aún podía seguir saltando la valla del jardín de uno de los balnearios y colarme en la piscina, donde los viejos no se bañaban, por fría o por profunda. Aún podía ser aceptada en el equipo de fútbol del cole. O bajar sentada en mi monopatín de plástico naranja toda la cuesta de la calle Escoles Pies con Avenida Pi i Margall. Llevaba el pelo corto y las rodillas magulladas. Aprovechaba la ropa de mi primo. Salía a buscar espárragos con mi padre los fines de semana de otoño. Les contaba historias de terror a mis hermanas y me escondía a medianoche bajo sus camas para asustarlas. Pensaba que eso duraría para siempre, como el agua caliente de las fuentes, que salía a 70 grados de temperatura aunque nevase.
Pero algo estaba pasando con los sábados a la tarde. Ya no era el Nos llamamos, vamos al parque a columpiarnos y a comprarnos unas chuches al quiosco. Ahora, mis amigas escondían botes de maquillaje en los bolsillos de sus vaqueros y se pasaban la tarde apoyadas en un banco de la plaza comiendo pipas. Y ya no era un simple comer pipas, y chupar la piel salada hasta que lloraban los ojos, y hacerlas crujir. Era un gesto ensayado, una coreografía de labios y crema de cacao y miradas despreocupadas hacia los chicos de las motos a los que sólo unos meses antes metíamos plátanos dentro del tubo de escape puramente por joder. Yo nunca aprendí a comer las pipas con un mínimo de elegancia. El resultado siempre era una indigestión de cáscaras y las uñas rotas.
Mientras miraba cómo alguna de mis amigas había conseguido cruzar la calle y subirse a una de esas motos. Alejarse luego, rápido, sin decirnos adiós. Los suspiros. El pensar, otro día me tocará a mí. Regresar a casa y a los pijamas de ositos. A las muñecas barbie apoyadas en los estantes. A soñar que éramos rubias y mayores y que vivíamos no importa dónde, mientras no fuese en ese pueblo.
Over.
