miércoles, 16 de febrero de 2011

Irritante

Este es un blog cuyo espíritu es literario, pero hay veces en que es tal la indignación que provocan ciertas expresiones, que uno se corre del objetivo y debe pegar el grito.

En esta columna, el acabado, impresentable y arruinado periodista Joaquín Morales Solá, en su furia ciega contra el gobierno argentino, llega al punto de defender algo que es a todas luces, intolerable. El texto es todo una provocación al sentido común y el mínimo rigor periodístico. Ni siquiera tiene ideología, porque nada, ni de derecha o izquierda, puede ser sustentado con esa ridiculez que escribió.

Simplemente, cito un línea que ya es el disparate total: "¿Medicamentos vencidos? Es probable que hayan existido, aunque algunos ejércitos los usan porque sólo merman sus efectos después de cierto tiempo."

Es decir, acepta que un país extranjero meta un avión en nuestro país, con medicamentos vencidos, y le parece que no es para tanto. Si es cierto, quiere decir que los norteamericanos les dan medicamentos vencidos a sus soldados. Un escándalo. Si no se los dan a ellos, ¿a quién se los darán?

Mediocre, fascista, agresivo, degradante, y tantos calificativos más para el autor de una columna que sale publicada en uno de los diarios de mayor circulación de la Argentina.

Asco.


Over.

martes, 15 de febrero de 2011

Digamos.


Ella contó que venía caminando y escuchaba que los balcones se desplomaban detrás de ella. Giraba y nada, todo en su lugar, ni ladrillos rotos ni gente muerta. Seguía. Otra vez. Después fue en la casa. La miraban desde enfrente. Cerraba todo. Había alguien detrás de las cortinas. Y día tras día, todo se iba perdiendo, desde las ganas hasta la razón.

Ella dijo que vinieron las pastillas y los médicos, y que ahora está bien. Digamos.

¿A vos te pasó algo parecido alguna vez? Sí, le contesto, y un par de cosas más. ¿Y cómo estás ahora? Bien, digamos.

Ella me pregunta y yo le contesto.

Ella dice: “para mí que vimos algo, nos dimos cuenta de alguna cosa y ahora ya no podemos volver a ser los que éramos. Porque yo entiendo lo de la química, y lo de las enfermedades, sí, de acuerdo, pero esto es otra cosa. Te repito, nos dimos cuenta de algo y ahora estamos fritos”

Yo digo: “Para mí, no vimos nada ni nos dimos cuenta de nada, simplemente que vos veías caer balcones y el tipo que vive abajo no puede comer azúcar”

Ella me mira. Está enojada. Ella se enoja. Ella me dice:” vos seguro que sos de los que no van a los shoppings ni se compran ropa, y odian a las familias.” “Yo no odio a las familias”, replico.

Ella esta bien. Yo estoy bien. Digamos.


Over.

Pozo negro

Yo no subí la montaña, pensaba en otra cosa,
igual, al final hacemos todos lo mismo:
sintonizamos, perdemos la señal.
Yo no aspiro a vos.
Somos todos fronteras.
A las fronteras hay que quemarlas.
A las fronteras hay que cruzarlas.
¿Ves el límite en mí?
Somos todos contraluz y nido.
Y nunca hay paz.

Over.

lunes, 14 de febrero de 2011

miércoles, 9 de febrero de 2011

Hasta que caigan



Es viejo y no lo conocía. Dice el proverbio: “La justicia es como la serpiente, sólo muerde los pies descalzos.” Se lo atribuyen a diversos autores. Ya no es de nadie.


No es de nadie, pero todos sabemos que eso que llamamos justicia no es más que un deseo abstracto que intenta materializarse en un corpus llamado Derecho.

Es decir, toda una mascarada que nos mantiene relativamente mansos, tibiamente inoperantes, bobamente felices.

Anudado al cruel axioma que insiste con la supremacía del más apto, existe un símil con la población de débiles y pobres que atoran las cárceles, esas cajas llenas de réprobos que incluyen una asombrosa minoría de hombres y mujeres malos. Hablo de la Maldad como base del delito, como algo previo que lo contiene más allá del acto.

En un sistema basado en el dinero y en la acumulación de capital, “gana” quien más acumula, y “pierde” quien menos posee. De esa simpleza, nacen las tribus dominadoras con sus gurúes todo terreno, y los saldos humanos que sirven tan sólo para engrosar el contraste.

Imaginemos un ideal en el que todos tuvieran millones de dólares, ¿qué diferencia habría con tener diez o veinte veces menos? Están los que dicen “igualar para arriba y no para abajo”. Al margen de que la frase esconde una velada discriminación, cuando es igual, no hay diferencias, no hay ni arriba ni abajo. Ninguno de esos falsos profetas del bien generalizado, soportaría que todos sus congéneres tuvieran su mismo coche último modelo, dando por tierra esa “igualación hacia arriba”, que no es más que la ilusión de que como el que está a mi lado no está en tan mala situación, yo voy a estar seguro y en paz. Seguro y en paz.

Más allá de las discusiones insensatas, aquellas en las que los puntos de vista no alimentan conclusiones integradores sino que más sirven para marcar un territorio intransitable, existe un punto en el que mi desasosiego encuentra fundamento. ¿Por quién y para quién peleo? Si yo lucho por un mundo en el que todos seamos más justos, de qué me sirve no tener en cuenta que la mayoría no quiere tal cosa. ¿Se debe imponer a la fuerza la generosidad? Si yo soy un socialista empedernido, de qué me sirve ganar elecciones para gobernar a una mayoría a quien no le interesa el bien común.

Mi reflexión, nada original, no hace más que hundirme en el pensamiento de Schiller, aquel esteta del individualismo con base en la acción como acto definitorio y final. Bien cerca del apotegma que indica que salvar a una persona es salvar a la humanidad. Pero nunca salvarse, como decía el uruguayo, y eso se aprende rápido o no se deja.

Habrá que cerrarse y encender la usina desde adentro, que se acerquen por calor o por curiosidad. Aislar al que corrompe existencias, marcarlo y no permitirle nuestra luz. Que la presa de la injusticia luche contra algo menos poderoso. Habrá que asumirse como escudo, como trinchera y como señuelo. Hasta que caigan por propio peso.

Que la serpiente siga mordiendo en el aire, hasta agotar sus mandíbulas y rendirse. Habrá que hacer eso.


Over.



viernes, 4 de febrero de 2011

Pozo negro

Soñé que el Mi era un Re
Fácil, pensé, el Re es un Do
Y no, el Do era un Fa.
No puede ser, no hay lógica
Tiene que ser un tono para atrás,
todo siguiendo un patrón.
Había un montón de gente
Y yo debía tocar. Revisé la secuencia.
Memoricé el cambio de acordes.
Lento. Sin mirar a nadie.
Pero subí, y la guitarra se hizo piano.
Y con el piano no puedo.


Over.

Mermelada.

Ceci dice que ve tanta realidad, tanto dolor “ubicable”, que se le hace difícil entrar en la atmósfera. La “atmósfera” no es más que la inclusión del todo, la temeraria redundancia del ser . El jazz mental que nos pulsa a los dos.

Por eso, cuando en medio del humo, yo dije: “es cuando se disuelve el yo, ahí se pierde el hilo del misterio, la creación. Sólo existe la creación individual, y en ese caso, la opción por la conducta gregaria no implica error, es más, suele encarnar la mejor forma de la felicidad”, Ceci se rió.

Ceci se rió, porque hay que reírse cuando uno verbaliza lo que debe ser escrito. Porque en el discurso hay tonos, no hay comas, hay mi cara de sabiondo beligerante, mi cerebro acelerado. Tu indiferencia. Tu risa indiferente. Tu caricia indiferente a mi combate mental contra un enemigo fantasma.

Ceci, te ubicás en algún lugar que desconozco, porque ando resumido en alguna alcoba de la torre de cristal. La distancia es miedo. El soporte existencial a tiempo completo es una excusa. Todo es una excusa y un reclamo.
Me hablás, es música, un tono sobre otro, mayor y menor, del espíritu gregario, que un ser humano no es un tigre. Los tigres, te dije, tan asombrosos. Tenés razón, Ceci, pero es esto que me toca entre las manos. Ya nos pusimos de acuerdo en que no hay salida, no hay sentido, no hay contrato. Es esto.

Es esto.



Over.