lunes, 8 de septiembre de 2008

Si no querés, no lo leés. Punto.





En su mayoría, las intervenciones neurológicas se realizan con el paciente relajado pero despierto. Esto se debe, principalmente, a dos razones:

1) El cerebro no duele. A diferencia de otros órganos, el cerebro no acusa dolor al ser tocado o intervenido. Por caso, cuando sufrimos dolor de cabeza, lo que se inflama son las meninges, las cuales recubren al cerebro. O bien algún músculo o bien el cuero cabelludo, pero el cerebro no duele.

2) Debido a lo delicado que implica intervenir el cerebro, se necesita hablar con el paciente para saber si se están tocando zonas que afectan al lenguaje, la comprensión, la vista, etc. Es muy interesante observar cómo al presionar cierta zona del cerebro, se le pide al paciente que diga su nombre y se escucha un balbuceo incomprensible.
A ver, no es que no se sepa hoy en día dónde residen las diferentes áreas que controlan nuestras conductas, el punto está en lo microscópico de las células y tejidos que las componen, por lo que no se puede, con tanta precisión, saber si se está dañando o no alguna conexión.

Dicho lo anterior, expongo el caso de Gerardo S.:

Intervención para extirpar tumor benigno en el cerebelo.

Síntomas: ataxia y vómitos.

Técnica: con la espalda elevada en el plano vertical 60 – 90°

El paciente Gerardo S. acepta la intervención quirúrgica con la sola condición de que su psicólogo, Mariano P., esté presente en la cirugía. Analizado el pedido, se decide aceptar la presencia del psicólogo cuyo apoyo se evalúa beneficioso para el paciente.

Después de que se atraviesa la duramadre, el cirujano comienza a analizar la mejor forma de extirpar el tumor. Con cierta asiduidad, el profesional le pregunta al paciente su nombre, sus gustos preferidos de helado, el nombre de sus hijos, algunas operaciones matemáticas simples o el movimiento de algún miembro.

Aproximadamente a los 30 minutos de comenzada la intervención, el paciente le pregunta al cirujano si tiene a la vista su cerebro. Ante la respuesta afirmativa, el paciente dice: “Mariano, ésta debe ser la primera vez que puede ver la mente un paciente, no se lo pierda”. Tras la sonrisa del psicólogo, el paciente se dirige nuevamente al cirujano: “Doctor, podría mostrarle el inconsciente a Mariano, por favor, y de lo posible sáquele una fotografía”.

Ante tal sugerencia, el doctor responde: “Señor O., el inconsciente es una forma profunda del pensamiento y la memoria, es posible que resida gran parte de él en el hipocampo, pero probablemente las conexiones vayan más allá, y así también tenga su injerencia el hipotálamo y las amígdalas”. El paciente agrega: “Bien, entonces está en un lugar pero todavía no se sabría exactamente dónde. Ya se sabrá, ¿cierto?”

Contesta el doctor: “Bueno, para decirlo de algún modo, lo que usted denomina “inconsciente” es algo que no significa lo mismo en el campo de la medicina. No le puedo asegurar que exista del modo que se describe, pero al menos yo, estoy seguro de que clínicamente se le puede atribuir un lugar en el cerebro, claro, y que en no mucho tiempo se podrá localizar con precisión. En la "Science" se publicó un artículo sobre una técnica que podría “leer” un pensamiento, no ya como actividad neuronal sino decodificada, todo a través de una enzima que permite que los neurotransmisores se comuniquen con alguna máquina. La biotecnología.”

El paciente, levantando ligeramente su mano derecha, le dice al psicólogo: “Mariano, ya ve, no falta mucho pero todavía hay tiempo para seguir con las sesiones. Todavía hay espacio para seguir convenciendo a los pacientes sobre el inconsciente como un espacio insondable y al analista como el único decodificador. Me pregunto si a usted lo remplazará una máquina o un médico. Yo no sé qué preferiría”. Mientras el psicólogo comenzaba a explicar que lo del “locus” para el inconsciente era una bravuconada positivista, los cirujanos y el residente, no pudieron (o no quisieron) ocultar sus suaves risas socarronas.



Over.






domingo, 7 de septiembre de 2008

Eso, que me salí de mí, qué tanto!


No sé por qué preguntan tanto, simplemente empecé por las manos, primero la izquierda sostuvo a la derecha y así me la fui metiendo para adentro. Para la izquierda usé la boca, más precisamente los dientes, mordí la punta de unos de los dedos y tiré para adentro. Ya con las manos en mi interior, todo fue mucho más fácil. Tiré de mi cabeza para abajo y después con las dos manos agarré la pierna derecha y la traje hacia el estómago. La pierna izquierda no ofreció gran resistencia, pero me aseguré de bajar hasta el piso ya que la caída hubiera sido un problema, a esa altura las manos no eran tan controlables.

Bueno, nada, eso, me traje la pierna izquierda y ya. ¿Por dónde salí? Por el ombligo, por dónde más, de adentro se abre con una facilidad pasmosa, se lo da vuelta y cede. Cede todo, porque se abre lo suficiente como para que uno pudiera salir.

Ahora sí, me llama la atención con qué alarma se tomó todo esto. Desde sectas satánicas hasta milagros divinos, señales extraterrestres o venta de órganos. La mafia también, siempre se la culpa a la mafia de algo, y nadie chilla.

Pero ya ven, nada de eso, simplemente tomé la decisión de salir de mí, cansado ya de estas imposiciones limítrofes que la piel, tan autoritaria ella, se la pasó imponiéndome toda la vida. ¿El primero? Hay tanta gente que se sale de sí misma, parecería que no todos vivimos en el mismo mundo, joder.


Over.


sábado, 6 de septiembre de 2008

Pozo negro




Aullido de libros mudos,
¡Escuchen!
Marineros del desierto
¡Ignoran!
Todo es ajeno y triste.
Piel de lluvia, no anochezcas
El grito ciego es la metáfora
no el temblor de tu ausencia
ni la terca coordenada del amor
Viajemos, sin suerte de aprendiz
Borrarás mis días de letras de odio
Palabras del sueño, el otro viaje.
Aúllan en el agua, los destellos del ayer
¡Sombra a ellos! ¡A todos lados!
"La noche es luminosa, con tu jadeo aquí".
Esa no es la metáfora. No. No es.


Over.


viernes, 5 de septiembre de 2008

Nina, la sacerdotisa que baila su voz.







Claro, pero lo fundamental es que Nina Simone era compositora y tocaba el piano como un ángel. Su voz era otro instrumento, una parte fundamental en su propio universo de semitonos y susurros. Jadeante como el amor que se alcanza y se pierde, montaba su fraseo al ritmo del desconsuelo y la plegaria. La plegaria.

Decía, la plegaria, porque Nina Simone luchaba por los derechos civiles, a su modo, estremeciendo con su cara negra, los oídos de los blancos, y fue detenida, y fue enjuiciada, y no calló. No calló su oposición a la guerra, y no calló su cercanía a la religión, con ese Lord al que apela para que interceda siempre ante las situaciones límite. De niña había sido ahogada en el evangelio, y aunque no se hundió en el obvio gospel, sí trasladó su devoción a la lírica. "Forbidden Fruit", por caso, anoticia alegremente sobre el pecado original, entre palitos que caminan junto a la melodía hasta agruparse en el pegadizo estribillo.

Hay algo que a todo el mundo le sale mejor. A Simone no había con qué darle cuando iba repiqueteando sobre el piano y sacaba de su garganta esa imposible duplicación de su propia voz, como si pudiera al mismo tiempo, cantar la línea principal y el coro fuera condimentado con trémolo cada palabra. Irrepetible.

Llegué a la sacerdotisa por un camino poco pensado: esa escena cautivante del final de “The Thomas Crown Affair”, perfumada de Magritte y el hipnótico “Sinnerman”, otro posible resumen de su carrera. Después llegaron "I put a Spell on you", el agridule “Love or leave me”, o “Trouble in mind”, esa canción que Richard Jones compuso antes que Ray Charles. Ah, y por supuesto, cómo no, el hermoso y sobrevalorado éxito, "My baby just cares for me" que volvió de 1964 para imponerse treinta años después.

Lo último que editó, antes de abandonar la peli hace apenas cinco años, es toda una declaración: “Il n’y pas d’amour heureux” En criollo, “No hay amor feliz”. Punto.





Over.


Pd: ¿ok?


jueves, 4 de septiembre de 2008

Fría sólo la piel.






Llegó tan bien publicada, en la edición tan bien editada de Edhasa, sí, de cubierta sobria, y de contracubierta hermosa. Sí, uno de esas novedades tan recomendadas por la comunión de alabanzas entre crítica y lectores. Sí, esos libros de los cuales desconfiamos y raramente leemos, compramos, pedimos prestados; (al margen, ¿Los críticos no son lectores?).

Pero hay excepciones, claro que las hay, y La Piel Fría (“La Pell Freda”, en su original, con la maldita “ll” que delata a quien no habla el catalán), de Albert Sanchez Piñol, es una obra de ingeniería literaria, llena de todo lo que debe tener una novela que quiera acercarse a la perfección. Por muy poco no la alcanza, y quizás todo se deba al primer tercio de la historia, donde con cierta pereza narrativa, el autor intenta lograr figuras literarias o descripciones sentenciosas que por lo menos están desenfocadas o le quedan un poco grandes.

La clave de la novela es la historia en sí (algo tan poco presente en la narrativa actual y casi desdeñada por la literatura argentina). Dije, la historia, la trama, el argumento, que de un aparente minimalismo, se nutre de metáforas y figuras que trascienden a lo contado.

Encasillada en la novela de aventuras, emparentada acertadamente con la línea de Conrad, la verdad detrás de la Piel Fría es perturbadora, y encadena la soledad, la otredad y la locura para convertirlas en una sola forma de la condición humana, enmascarando la diatriba esencial que obliga la vida al límite: el instinto como posibilidad única de resistencia.

Una historia de la sordidez, que crece oración tras oración, como si el autor creciera junto a la novela, su pulso se vuelve insostenible, y uno necesita urgentemente que todo termine, que la razón traiga, sospechosamente, algo de calma. Para bien o para mal, la calma llega siempre, pero uno desearía poder manejarle sus tiempos, claro.

¿Existen consejos de lectura? Ok, lean esta novela, por favor. Intenten pasar la primera parte, como quien navega en aguas inútiles, llenas de reflejos aburridos. Léanla, porque hay que saber que lo que dice la novela crecerá de algún modo, como pasto perdido, como musgo, como flor. Yo creo que se hace flor, lo bueno, siempre, se hace flor.



Over.


PD: Y sigo dándole vueltas al nombre de quien vive en el faro, Battis Caffó. Sí, claro, lo de batíscafo, pero no le termino de hallar la relación. Y lo que se me ocurre es tan descabellado que ni yo lo puedo creer. No me puedo creer.

Semántica del pedo, al palo!

“No es lo mismo no tener nada que haberlo perdido todo”

1) A ver, en principio podemos observar que el hecho de “haberlo perdido todo” lleva necesariamente a la realidad de no tener nada. Por lo tanto es lo mismo. Por lo tanto estaríamos ante una proposición sintácticamente correcta, semántica falsa.

2) El hecho de no tener nada puede suponer un modus vivendi desde el mismo comienzo vital, por lo que no necesariamente signifique que se ha perdido algo, dado que jamás se tuvo. Por lo tanto, estaríamos antes una proposición válida desde todo punto de análisis.

3) La proposición hace referencia a dos tipos de enfoques cronológico-emocionales. Cuando uno ha perdido todo, suele hacer notar la angustia que provoca el cambio del todo a la nada, o bien, del desprendimiento de lo logrado. No tener nada, pareciera apuntar a un hecho repetido en el tiempo, que si bien puede desprenderse de lo anterior, ya ha pasado el suficiente tiempo como para nombrarlo como una cualidad inherente a quien reconoce esa situación. Por lo tanto, en un meta análisis, la proposición sería válida aunque poco clara.

Con qué dulzura me llegan esos tiempos en los que analizábamos tanta inutlidad. Tanta hermosa inutilidad. Y desde esta perspectiva, qué envidia me da saber que hay docentes que continúan sus vidas analizando la semántica del pedo, al palo!

Over.

lunes, 1 de septiembre de 2008

¿Quien lastimó a Sassy?






Sarah Vaughn corre con la ventaja de un mayor caudal de voz en comparación con Ella Fitzgerald, pero quizás por eso mismo no abisma su alcance en registros más arriesgados. Quizás Fitzgerald haya dado todo en el famoso disco "Ella in Berlin" (1960), digo, todo lo que su voz era capaz de dar como para hipnotizar en vivo a muchísima gente. Es en ese álbum donde encontramos el histórico scat sobre How high is the moon, momento en el cual entendemos que alguien se puede salir del tiempo y llevarnos de las narices a ese lugar donde solamente somos conducidos.


Del mismo modo, la mejor versión de "April in Paris" de Sarah Vaughn está en el disco “Sarah Vaughan With Clifford Brown” de 1954. No sorprende la potencia de Vaughn, pero quizás se en este disco dónde logra transmitir la palabra y su significado de una sola vez y bien clarito. Cuando pregunta al final: “Whom can I run to / What have you done to my Heart”, uno también quiere saber qué sucedió, por qué le han hecho daño a esa voz inalcanzable. Sí, a un argentino le llega “Malevaje”, y su arrabalero pedido de explicación con el que comienza. Pero en la voz de Vaughn, no sé, agita todos los sentimientos. Tanto como los de la incredulidad cuando entona “I never knew my Heart could sing”. Sí que lo sabía, y vaya cuánto.


Aún podría arriesgarme a decir que logra mejor que Chet Baker ese bolero en tempo de jazz llamado “I´m glad there is you” cuando sentencia: "In this world of ordinary people / Extraordinary people / I'm glad there is you”. Le creo, si me lo dice, le creo, y me gustaría decírtelo a vos también, y que me creas. ¿Chet Baker? Sí, con la voz barrida por la heroína gritando en susurros,: “And if I ever lost you / how much would I cry? /How deep is the ocean? / How high is the sky?”

Sarah Vaughn y Ella Fitzgerald, "April in Paris", me saco el sombrero y callo.


Over


PD: La trompeta de Clifford Brown en la versión con Vaughn es antológica. Tanto que a lo mejor me gustaría que alguna vez se editara todo el disco sólo con las pistas instrumentales.