miércoles, 10 de noviembre de 2010

Pronto

Mientras tu infancia intenta traducirte en el espejo, desnudo el tiempo te abandona en esta enhiesta corrupción. Todo deseo que decrece, pertinaz, elige el olvido, y allá voy, para recordártelo. Te admiro desde la cama, a metros apenas del cristal que te refleja, y sueño lo que veo, pronto mío, y yo, ya separado de la razón, sé que flotaremos. Otra vez flotaremos.

De la lista de súper amigos, encerrada en su noche pagana, te nombro y te declaro inconsistente, tanto o más que yo. Es irregular nuestro amor, por eso es real, y por eso es insoportable. Te veo.


Over.

martes, 9 de noviembre de 2010

Juegan a que sí y no.

En el “caso” del amo hegeliano, reducido a su ocio y densa pasividad, se ha tendido a violentar el significado del símbolo. La conciencia cuya esencia es el deseo, no tiene por qué reducirse al resultado del esclavo-humano, por un lado, y el amo-resabio ocioso, por el otro. Si bien no es improbable que el esclavo vea al amo como la subversión de sí mismo, es decir: transita su esclavitud pero anhelando ser el amo para castigar su propia condición encarnada en el siguiente sujeto, la sumisión psicológica que encarna el amo, provoca que el esclavo casi nunca quiera huir de su condición.

Del mismo modo, se da una exacerbación de la tristeza del amo y la vitalidad del esclavo, lo que en nuestros tiempos se acerca tanto a la anhedonia. Si nos permitimos libremente hilar al amo, al burgués, al señor feudal, al rey, al emperador, podemos a su vez, del otro lado del carretel, enhebrar al súbdito, al esclavo, al proletario, y así ver cómo rueda el caleidoscopio filosófico, buscando variantes a la misma raíz.

Otorgado el permiso, y estirando la cuerda, llegamos al dúo amante – amado, arriesgadamente sustituibles por los ejemplos que preceden. La condición social no pocas veces replica a la individual, y en la masa no se destiñe totalmente el concepto de sujeto. Las emociones, tan graficadas en el corazón o el “pecho”, no son más que respuestas a las coyunturas endógenas o exógenas que se precipitan en el devenir de la vida. El verdadero deseo es la ilusión de completar lo infinito.

Como en toda relación, en la de amante-amado, se constituyen pactos, territorios, formas de comunicación y prohibiciones. Que todo lo anterior fluya sin constituirlo formalmente, no implica que no termine por establecerse del mismo modo que las relaciones menos comprometidas. Se hacen transparentes las estructuras de poder, sumisión, entrega, omisión, negación, aceptación y rebeldía. De algún modo, se constituye el mismo pacto, en el que cada uno de los integrantes de la relación, pone a juicio el famoso balance de riesgo-beneficio.

De algún modo, pareciera darse un tiempo de vacío racional (no existe tal cosa, en realidad el pensamiento analítico es opacado por la emoción del placer) Digo, en ese vacío racional se ponen en juego las más poderosas sensaciones de bienestar, uno de los mejores efectos a los que podemos aspirar como seres humanos: el amor.

Ya instalado dicho efecto, las conductas se someten a su cuidado, y en la imaginaria soga que dosifica libertad, se conjugan fuerzas medidas con escrupulosa minuciosidad. La experiencia indica que tras superarse el juego de cortejo, los nervios del poder empiezan a tomar su lugar. Será, pues, la estructura individual y las variables que se impongan al vínculo, las responsables del destino de la relación. No hay justicia ni solidaridad en el amor, sólo la potencia del placer y el miedo, equilibrándose a todo momento.

El acatamiento, la entrega, la sumisión y el silencio, todos son ingredientes del pacto que no pocas veces encuentra su forma especular en el tándem amo-esclavo. Pacto que no se evoca ni se revé cuando se solidifica la convivencia y se cree que ya se ha superado “ese punto”.

Atomizados por variables que exceden por mucho al amor, cada uno de los integrantes de la relación, sufren las limitaciones de su elección. Cuando quieren salirse, comprueban que han involucrado hasta tal punto su unidad como persona, que no encuentran lugar que los pudiera llegar a cobijar fuera de allí. Y siguen, del mismo modo que se atropella el devenir de los días.
Siguen, anulando pretensiones, lentos y sin sobresaltos, observando cómo languidecen las ambiciones que alguna vez los definieron.


Over.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Palabritas

Yo quería forzar el discurso, tapar palabras, no escuchar esa otra parte. Es que todo iba de Hegel a Deepak Chopra, sin escalas. Cuando subía y amenazaba a planear sobre terreno aceptado, pum, otra caída, el manual de casos prácticos: una buena noche, porque la noche era promesa cumplida, de cervezas y nostalgia de tabaco.

Sí, está bien, pero el deseo se quema veloz, se extingue con la claridad de su muerte. Todo será insensato y puro placer, para quedarse ahí, detenido como prueba de que los años dan garantía. Maldita garantía de haber aprendido.



Over.

domingo, 31 de octubre de 2010

Pozo negro

Porque vivo a vencimientos, por eso te reclamo
Porque ya no te escribo las calles ni las manos de la tarde
Ni te doy el mundo ni tu sangre en mi sangre a cualquier precio

Porque hunden mi ojos tus ojos lejos para otro cielo,
Porque domé tu infierno, no el mío.

Por mis manos que resbalan un tiempo ajeno,
Por las voces que se suben a la tuya.
Por la miseria de no haberte perdido, en toda dirección
En todo tiempo, todo el tiempo.

Over.

Nuestra estrella se agotó





Over.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Malo como un padre.




Soñé que lloraba. Me pregunto si en el recuerdo, ese acto será válido como si fuera real, si debo distinguirlo, si debo decir que “soñé que”, si quizás, quién dice, es más hondo aún, escondido en una pesadilla, reverso cruel de lo reprimido.

Y desperté, (y otra vez la especulación) y leo en letras negras que murió Néstor Kirchner, así, se le terminó la peli como a veinte escenas antes del final, y los actores quedan atónitos, y alguno ve una luz de miseria vacía, y empieza a correr. Ni el velo de las lagañas, de la confusión que me trajo de vuelta, pudo romper el conjuro. Está muerto.



Se murió con él tanto que pienso. Se murió el discurso a borbotones que también me hierve. Crítico de sus actos, fallido en tantas acciones, autor de enormes errores. Sí, como un gran padre que se va. Como cuando se te muere tu padre.

Tengo bronca. No. Subo: furia enceguecida. Siempre, en estos casos, se me viene la imagen de tanto asesino que respira y habla. La justicia es otra estadística, fría y errática.

No creo en casi nada. Quizás un poco en vos, y en vos, y en alguna que otra cosa. Por ejemplo, en esta mierda que siento, en el asco por la sonrisa de algún déspota, en la dspiadada alegría de quien se salva de su verdugo. De este verdugo. Cerdos.

Hoy, como poquísimas otras veces en mi vida, siento que algo se me rompió en el alma, de manera incesante, hasta que me apague del todo.






Over. (ojalá que no!)

jueves, 21 de octubre de 2010

Tilde al horno!

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Como a Renzi en Blanco Nocturno, me suele ocurrir que escucho a la gente hablar y me detengo en una palabra, pienso por qué la dijo, la busco en contexto de otra cosa, la traduzco, y fácilmente pierdo el hilo del discurso. Una digresión interna que no domino. Pienso en las tildes, en las palabras que llevan h, o que ya no llevan, sin son graves o esdrújulas, si tienen más de cinco sílabas. Cosas así.

El otro día pude ver el cartel publicitario del nuevo libro de Narda Lepes (cocinera de belleza única), “Qué Cómo Dónde”. Al principio, las tres palabritas me llevaron al gran cuento de Cortázar. No me causó gracia. Lo olvidé.

Enseguida pensé en las palabras y las tildes. Esos tres pronombres interrogativos, directos o indirectos, llevan tilde, siempre y cuando, claro está, cumplan dicha función. Por caso, la palabra “como”, en este contexto y sin tilde, no es más que la conjugación de la primera persona singular del verbo comer en presente. Es decir, hay un acento cuasi diacrítico en el juego de palabras.

Y sí, como es un libro de gastronomía, el guiño está en la doble interpretación de la frase: “Qué puedo comer y en dónde”, o bien la seguidilla interrogativa que busca existencia, modo y lugar.

Igual, en mi pasajera opinión, el juego no salió bien. Yo hubiera dejado “como” así, sin tilde, para que la gracia naciese en la música mental, en la pura oralidad, ganadora y liviana de marcas y grafías. Punto.


Over.