viernes, 11 de diciembre de 2009

Cuento de Navidad (2009)

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Hace un año, inauguraba esta simple empresa: escribir un cuento para la navidad de cada año. No tiene sentido, es una iniciativa harto repetida. Es lo que hay, pero aquí va el segundo.




Félix le había salvado la vida a la hija del doctor. Silencio, piscina, caída, cuatro años y no sabía nadar. Félix corrió como nunca en su vida, la agarró del vestido y la llevó a la superficie. Todos dormían menos él. El doctor lo hundió en un abrazo y fue claro: Félix, tengo una deuda con usted que jamás podré pagar. Cuando necesite algo, sea lo que sea, yo no le preguntaré nada y se lo conseguiré.

A los años de fastidio y mala suerte, Félix le agregó deudas que sólo podían ser canceladas con su cabeza. Pensó en escapar, pero sabía que no tenía pasta de fugitivo. Lo pensó, pero tampoco se animaba a tomar la otra decisión. Por eso, aquel 23 de diciembre, lluvioso y húmedo, la televisión le golpeó la cara y la imaginación, batiéndola oscuramente, como sólo la desesperación era capaz.

El accidente de trenes fue bestial. Como mínimo, sesenta muertos calcinados entre el hierro y las vías. Y escuchó al periodista: “Hay decenas de cuerpos que jamás se podrán identificar, reducidos a cenizas, representando un espectáculo dantesco al borde de lo irreal”. Después de allí, todo fue vértigo.

Doctor, soy Félix, discúlpeme la hora, vio el accidente de trenes, sí, en la estación anterior a casa, no, nada, estoy bien, sólo que le iba a pedir un favor, sí, ya sé, pero es un favor muy grande, si me dice que no, lo entiendo.

En menos de tres horas, el “operativo” se puso en marcha. El doctor corrió cuando estaba a unos cien metros del accidente. Era todo un desastre, la policía y los bomberos luchando para despejar la zona, los familiares, el periodismo. Si se busca, el doctor accedió a la nota: “Sí, un gran amigo de toda la vida, Félix Vidal, viaja siempre en este tren, se baja en la próxima estación, llamo a la casa y no atiende nadie.”

El resto fue burocrático. Documentos chamuscados, la billetera, un cuerpo masculino, cincuenta años de edad, sin hijos, divorciado. Los diarios publicaban listas con los nombres de los muertos, los reconocidos y los reclamados. Félix Vidal era el número setenta y ocho. Para todo el mundo, había muerto trágicamente, y sus restos se habían reducido a cenizas. Fin del asunto, y a mano.




Over.



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