sábado, 7 de junio de 2008

Debo escribir sobre Spinetta, não esquecer!





Debo no olvidarme de escribir sobre Spinetta alguna vez. Debo hacerlo arder en mi mente para que moleste a la madrugada. Cómo no voy a escribir sobre un tipo que canta: “Sigo mirando hacia ti”, donde todos cantan “Sigo mirándote”. La preposición, en este caso, es mágica.
O cuando dice: “Hoy me vuelo / de tantas caras / ¿No ves algo en el puente que se va? / Hola dulce viento / Veo claramente en ti / Eres como mi amiga que se va.”
O que una canción se llame “Credulidad”, y todo entre a tempo y además sea hermosa.
Bah, no se puede dejar de escribir sobre un tipo que avisa: “además vos sos el sol / despacio también podés ser la luna”. ¿Se puede medir la belleza de decir que despacio también podés ser la luna?

Entre otras cosas – muchas otras cosas -, lo bueno de vivir en la periferia de lo que se da en llamar “mundo”, es que uno conoce a Spinetta y a Dylan. Cuando se vive en el centro, Spinetta no se conoce. Y así les va. En “mundo”, les aseguro que pocos conocen la dulzura de esta canción de Chico Buarque, que no es Spinetta, pero a mí, en este momento, me llega todo junto.

Valsa Brasileira

Vivia a te buscar
Porque pensando em ti
Corria contra o tempo

Eu descartava os dias

Em que não te vi
Como de um filme

A ação que não valeu

Rodava as horas pra trás

Roubava um pouquinho

E ajeitava o meu caminho

Pra encostar no teu

Subia na montanha

Não como anda um corpo
Mas um sentimento
Eu surpreendia o sol

Antes do sol raiar
Saltava as noites

Sem me refazer

E pela porta de trás
Da casa vazia

Eu ingressaria

E te veria

Confusa por me ver

Chegando assim
Mil dias antes de te conhecer

Impresionante este símbolo: “Descartar los días que no te vi como se descartan las escenas que no van en una peli”. Y ni hablar del final que no rebaja el deseo y por el contrario, lo acerca a una imagen poética de máxima altura: “Y por la puerta de atrás, de la casa vacía, yo entraría y te vería, confundida por verme, llegando así, mil días antes de conocerte.”



Over.

jueves, 5 de junio de 2008

Pozo negro



Hinchada de miedos,
la noche inhala su oscuridad.


Over.

Como cien veces


¿Y cuándo viene el olvido con la distancia, carajo?

(Luis Moret)


La vio como cien veces, especialmente de espaldas o sentada en el primer piso del bar griego.

Los domingos por la tarde, imantado por esa calle y ese bar, salía con el periódico debajo del brazo derecho y caminaba lento, sí, y decidido también. Pero una calle antes, abordado por la conciencia, reparaba en el inútil recorrido que repetían sus pasos, en lo inverosímil que se volvía el futuro luego de sus palabras, cuando ella se daba vuelta y lo escuchaba.

La vio sola, acompañada, amada, dejada, triste, ansiosa. La sorprendió con la lapicera y el pequeño anotador. ¿Seguía escribiendo? ¿Era lo mismo? ¿Estaba, por fin, empezando un cuento?
Las noches de otoño, que se sueltan del cielo y caen resignadas al frío, tan rápido se empujan unas a otras hasta agotarse y ceder. Le gustaría decirle que la vio como cien veces de espaldas y que el pelo le quedaba mejor corto, y que en otoño las noches empiezan a estirarse y a correr al mismo tiempo. El ocioso y melancólico invierno que se esconde detrás de los días que no vuelven, tenaz, lo acompaña desde la casa hasta el bar griego, en una de las mesas del fondo del lugar, para verla especialmente de espaldas y con el pelo largo.

La vio los domingos después de las cuatro, antes nunca, y los martes y los miércoles, y los viernes de lluvia, como respetando la promesa ya vana y perdida, como temiendo perder el consuelo de la fe que usa a la eternidad como máscara.
No es tan difícil reconocer que la lluvia traía lágrimas y abismos, perfectos huecos de tiempo que se colaban por la mañana. Let’s make it easier, ephemeral as love can and must be, let’s say the day’s through and every Sunday after four, turn around and pretend you don’t see me, but you do, of course you do. Hasta que llega un momento en que el hombre se decide, de buena o mala gana, a dar un paso cualquiera, es verdad, y Raskolnikov ya lo sabe, y en otoño, cuando las noches pesan y vuelven y corren hasta el domingo después de las cuatro, la bruma de un futuro aplastado busca fin, deshacerse de pasado frío, amor y consuelo barato.

La vio como cien veces, y los viernes de lluvia era peor porque se abría el círculo y todo parecía mutar en espiral, en peligro de ayer y mañana pegoteados por la insistencia del cálido regreso. Y tonto. Y otra vez lo mismo.

La vio como cien veces especialmente los domingos y cuando era peor, los viernes de lluvia. Y después, en ese tiempo que él buscaba para poder decir después, para levantar la barrera que dividía, en el territorio que lo mezclara con él mismo, la vio, detrás del vidrio de la librería, en ese lugar más lejos que lejos, a través de su propia imagen, la vio. La volvió a ver, con el pelo largo y la mirada escondida. ¿Qué cifraban las tardes en el bar griego? ¿Qué cifraba la distancia inútil? ¿Por qué no se cortaba el pelo de una vez por todas?




Over.

Pozo negro

Brumoso destino tu deseo
de amor fácil y sopita de arroz,
de falsa ingeniería conyugal
a fuerza de olvidos y postergaciones.
Yo sé que callas, precisa, esa noche
torpe de engaños y quimeras.
Yo sé que te avergüenza la palabra
que no se piensa ni se siente;
y que eso también omites
a la hora del coraje que tu boca
alaba y tu cuerpo desconoce.
Nunca es sincera la sustancia
que esconde la duda a expensas
de un inocente, pacífico
y tonto
estado de ánimo.


Over.


martes, 3 de junio de 2008

Sin que existan argumentos que lo prueben




En el libro Teoría de Números, de Carlos Ivorra Castillo, en la sección dedicada a La ley de reciprocidad cuadrática, nos encontramos con esta definición:


La lógica matemática nos enseña que no puede existir una teoría de números completa, en el sentido de que existen propiedades de los números naturales que son ciertas sin que exista ningún motivo por el cual lo sean, es decir, sin que existan argumentos que lo prueben, ni mucho menos que lo expliquen.


No es menor la afirmación, y me trae a la memoria una serie de semejanzas que se despliegan en otros ámbitos. En medicina, por ejemplo, se deducen actividades neuronales por los resultados, pero no se conocen los precisos mecanismos que llevan a esos efectos. En la música, se descubrió que una serie de acordes en un orden estipulado de acuerdo a tempo y extensión, produce bienestar y aceptación en el oyente, pero no se sabe la razón por la cual este orden es de tal modo ni si tendrá una relación con la época o la cultura. En cualquier publicidad gráfica de relojes (lo invito a verificarlo), dichas máquinas siempre marcan la misma hora: 10:10 (o 22:10, según el uso). Esto provoca aceptación y llaman a la curiosidad de quien observa la publicidad. ¿Las razones? Dos o tres hipótesis demasiado flojas.

Sólo una cosita más.

En el libro Geometría, del mismo autor, se hace referencia al viejo axioma que reza. "1) Por cada par de puntos distintos P y Q pasa una única recta,", y se desprende este axioma el siguiente teorema: "Si P y Q son puntos de una recta r y R es exterior a r, entonces
P, Q y R no son colineales."
Todo esto lo supimos de niños en la escuela. Lo que no sabíamos
es que estas afirmaciones no son necesariamente ciertas, y que a partir de la curvatura del espacio y de la relación de espacio-tiempo, este castillo tan preciso, parece desbaratarse con un soplido.
Eso es literatura, no matemática. Digo.



Over.


PD1: En cuanto a la ley de reciprocidad cuadrática, todavía estoy intentando comprenderla. Parece mucho más fácil de lo que es.

Pd2: Uri, gracias por el permiso y las lindas palabras. Mazel tov, my friend! Y dale con la peli, plis!

lunes, 2 de junio de 2008

Palabritas?



En el nanocosmos que nos envuelve, virgen casi de censos y estudios, se desbaratan sin reparos miles de causas a las que oscura e ignorantemente llamamos azar, destino o milagro. Algo se cae o se detiene, el antibiótico llega a tiempo o es inútil, la palabra moviliza o deteriora, y de repente algo que inexorablemente debe cesar, continúa. Es tan precario aún nuestro conocimiento que no sé cómo acaso nos atrevemos a hablar de dioses o Mesías. No me preguntes, ok, no te pregunto, pero los atajos entre la nada y el puede ser, no te solucionan el camino, eso lo tengo muy clarito. Lo que pasas es que cuando me imagino al mundo hace cien años, y lo veo tan pobre e ignorante, no me alegro de mi actualidad. El pensamiento rebota cien años hacia delante. Y vuelve en desasosiego. Por eso quedan la literatura, la música y tus manos. Eso sobrevive porque en el nanocosmos van por fuera del tiempo, y ahí se embromó todo. Dejá, no me sigas el apunte, hace frío y ya no fumo.



Over.




domingo, 1 de junio de 2008

Restos

(Inspirado fiel e ineludiblemente en el cortometraje Residuos de Uriel Wisnia)














Cada día, cada tarde de cada día, hasta que abrías la puerta con fastidio y caminabas con la mirada rendida y sin ganas, porque estabas cansada, ¿no?, yo vi cuando te quisiste ir, salieron todos los vecinos, yo estaba ahí, en serio, y al final se fue él, ya casi de noche, llegó el taxi y vos lo espiaste por la ventana, él ni se dio vuelta, vos también te diste cuenta, estoy seguro de eso. Yo iba con mi carrito amarillo, bueno, en realidad es negro pero la bolsa que lo rodea es amarilla, por eso lo digo, y mi escoba tan ancha, y ya casi sabía con exactitud la hora: abrías la puerta y cargabas la bolsa con la mano derecha (deduzco que sos diestra, ¿no?) y llegabas hasta el cesto sin mirar a ninguna parte, tirabas la basura y repetías el recorrido hasta desaparecer. La luz de la cocina quedaba encendida y te quedabas un rato mirando la televisión, pero no la mirabas, yo lo sé, y era como que ibas y venías dentro de la casa. Sabés, a mí me pasa lo mismo, camino de acá para allá, como si tuvieras definida una zona obligatoria, ocupar el tiempo, no dejar que el tiempo tome libremente la decisión de su ocupación, porque te ponés a pensar y ahí se complica todo.

Por qué no decirte que yo nunca pensé hacer este trabajo, y sin embargo, ahora que camino mirando el suelo, juntando tierra y ramas y botellas de plástico, no sé, me siento más cerca de mí, menos apartado del destino que me fue acorralando hasta lograr mi aceptación.

Fui juntando las bolsas. Las abrí con paciente dedicación, como si fuera ésa la razón de seguir después de la cena, un momento íntimo y personal. Sé que te gustan las aceitunas, la mayonesa sin huevo (qué cosa rara, ¿no?), el jugo de limón, las mermeladas de cereza y de durazno, y sé, lo deduje te imaginarás, que no era a vos a quien le gustaba el queso roquefort, la cerveza y la mostaza. Limpié bien cada uno de los frascos de vidrio, los alineé vacíos en la heladera, en la alacena, sobre la pequeña mesita que tengo en el comedor. Lavé la camisa blanca, el pantalón marrón y la blusa celeste. No me parece que el pantalón estuviera para tirar, pero bueno, es tu decisión. Sabés, de algún modo quiero contarte todo el tiempo que yo era otra cosa antes, que no barría las calles y que no llegaba con lo justo a fin de mes. Qué decirte de los años de estudio, de las horas que se entorpecían de esperanza y de ilusión. Y de esta casa, tan quieta y abandonada, tan colmada de un tiempo que me parece irreal. No sé, siento que el porvenir sólo me permite limosnas, sentencias finales que me devuelven a un tiempo del que salí y que me ha juzgado perdedor. Y así van las cosas, con el olor del verano subiendo desde las alcantarillas, o el frío tenaz que duele en las manos. ¿Te sigo?, no, no me parece, yo estoy indefenso ahí, cuando paso al borde de cada tarde y me parece mentira que nunca te hayas dado cuenta. No creía en nada, sabés, y de repente, al cuarto o quinto día, sentí el hambre de una meta, las garras de un plan tan simple y adorable. Verte, esperar pacientemente la bolsa, acercarme y disfrutar de la victoria, las horas que me esperaban gozando del contenido. Los restos.

Fue el frasco de perfume. En realidad, cuando lo vi ya sabía que no podía esperar más, que tanto juego de esperas y búsqueda gritaba fin, o cambio, algo. Fue fácil encontrar el mismo perfume, lo vendían a la vuelta de casa. Pensar que la mujer que me atendía se quedó como helada al verme. Hacía años que no pasaba por allí, casi desde que esta casa se detuvo, como te dije. ¿Te dije que yo antes era diferente, que en esto que llamo hogar éramos tres y que yo trabajaba en una oficina en el centro, con un escritorio para mí y todo? ¿Te dije que gané el premio al mejor cuento en mi último año de secundaria y que siempre me dio por escribir? ¿Te dije que no escribo nada desde que esto que llamo hogar sólo es ocupado por mí? Y que nunca compré un perfume, ¿eso te lo dije también?

Bueno, todo fue así como te lo cuento, primero las bolsas, tus bolsas, los disimulados atardeceres en los que me demoraba barriendo una y otra vez la calle de tu casa, tu pelo negro, tus piernas, hasta una vez soñé que estábamos en la playa, tu soledad, la mía. Y me puse la camisa blanca que lavé por primera vez después de tanto tiempo, los zapatos negros, el pantalón beige. Me miré al espejo y encontré un cuerpo perdido, unos ojos metidos en sí mismos ya acostumbrados a ver otra cosa, otro cuerpo y otro hombre. Salí con el perfume en la mano, tocándome el pelo todo el tiempo, odio estar despeinado, y me senté a esperar, no sé, me pareció que debía respetar todo lo sucedido, las secuencias que me habían llevado hasta la puerta de tu casa. Esperé. Sé que repetí una espera, una demora que ya había vivido varias veces, esas horas que se plagian y que nos otorgan el mismo lugar, la misma ubicación. Te vi salir y me puse de pie, pero no me viste, estaba oscuro, y tiraste la bolsa en el cesto y estabas como enojada, no sé. En ese mismo instante me llené de olvido y lloré porque sentí miles de culpas en mis manos, bien dentro de mi cuerpo, porque me sentí injusto y egoísta. La luz de la cocina estuvo encendida hasta tarde, el frío me untó la boca y los ojos, y me fui, claro.

Ahora, el perfume es como una pista, una seña que me permite seguir, una corazonada a cualquier hora, cuando pienso que esto que llamo hogar desea mutar y cobrar vida. ¿Dónde estarás mientras lees esto? ¿Dónde estaré yo? Igual es lo que menos importa, “vos y yo”, ¿no?



Over.