viernes, 4 de febrero de 2011

Mermelada.

Ceci dice que ve tanta realidad, tanto dolor “ubicable”, que se le hace difícil entrar en la atmósfera. La “atmósfera” no es más que la inclusión del todo, la temeraria redundancia del ser . El jazz mental que nos pulsa a los dos.

Por eso, cuando en medio del humo, yo dije: “es cuando se disuelve el yo, ahí se pierde el hilo del misterio, la creación. Sólo existe la creación individual, y en ese caso, la opción por la conducta gregaria no implica error, es más, suele encarnar la mejor forma de la felicidad”, Ceci se rió.

Ceci se rió, porque hay que reírse cuando uno verbaliza lo que debe ser escrito. Porque en el discurso hay tonos, no hay comas, hay mi cara de sabiondo beligerante, mi cerebro acelerado. Tu indiferencia. Tu risa indiferente. Tu caricia indiferente a mi combate mental contra un enemigo fantasma.

Ceci, te ubicás en algún lugar que desconozco, porque ando resumido en alguna alcoba de la torre de cristal. La distancia es miedo. El soporte existencial a tiempo completo es una excusa. Todo es una excusa y un reclamo.
Me hablás, es música, un tono sobre otro, mayor y menor, del espíritu gregario, que un ser humano no es un tigre. Los tigres, te dije, tan asombrosos. Tenés razón, Ceci, pero es esto que me toca entre las manos. Ya nos pusimos de acuerdo en que no hay salida, no hay sentido, no hay contrato. Es esto.

Es esto.



Over.

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