martes, 1 de noviembre de 2011

Decidir.





Siempre me queda grabada esa descripción del jerarca nazi, Reinhard Heydrich: Su sola presencia marcaba un abismo psicológico que ocasionaba terror físico incluso a sus más cercanos colaboradores. Ahora en Wikipedia pero años atrás en un libro sobre El carnicero de Praga que no recuerdo.
Aunque no escasa, el tratamiento que la historia le dio a este infierno humano es por lo menos insuficiente. Fácilmente se pueden citar a Goring, a Rohm o a Speer, pero no es tan corriente escuchar del terrorífico y crucial aporte a la barbarie que le diera este sujeto al mundo.

Expresada esa exigua introducción, la peli “Los Falsificadores”, tiene relación con este hombre desde que la idea de provocar una tremenda inflación a Inglaterra a través de la introducción de libras esterlinas falsas, le corresponde casi en su totalidad.
Hay que decirlo: la idea era admirable. Los libros de economía enseñan que las sobreimpresión de dinero provoca inevitablemente un efecto inflacionario. Es fácil, si hay demasiado circulante, es más sencillo comprar un producto, por lo que la demanda empieza a sofocar a la oferta, y una va empujando a la otra hasta descontrolarse.

Lo cierto es que para imprimir el dinero, se usó a un grupo selecto de prisioneros judíos con una alta especialización en gráfica. Claro que a cambio se les otorgaba un trato preferencial, ya sea en comida y comodidad (todo dentro de un campo de concentración, obviamente).

Pero es otro el eje de la película: la lucha por saber que se está colaborando con el régimen, en contra de otros judíos. Salvar el pellejo a costa de otros, o declinar la ayuda y con eso perder la vida. Quizás la moraleja queda un poco reducida desde el momento en que la heroicidad es dudosa: no se sabía hasta qué punto valía la pena aceptar la tortura y la muerte. Y porque se vuelve un poco maniqueo el hecho de que el delincuente no tiene moral y el activista político, sí. Hay que estar en un campo de concentración y prescindir del básico instinto de supervivencia.

De la película quedan ciertas evaluaciones que pueden extenderse durante una noche. O dos. Me quedo con la imagen en la que los judíos que ingresan al pabellón donde estaban estos “elegidos” los confunden con miembros de la SS. Y estos últimos, para demostrar su verdad, muestran los brazos con los números tatuados. Acto seguido se miran todos y quedan perplejos. Los salvó una identidad robada. Tremenda escena.

En cuanto a la rigurosidad histórica, existen ciertas diferencias tanto en el comienzo como en el final, pero que no hacen a la historia que se quiere narrar. Otra película más sobre la segunda guerra, pero que no se confunde en el montón. Y con eso basta.


Over,

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