jueves, 1 de mayo de 2008

Pozo negro


Atado al sueño de la sangre
Que pulsa ríos en mis venas
Sometido a su cadencia
No reclamo los días de tu cara,
ni el negro fin de tus quimeras,
ni la parca hambre de tus manos

Si eres alguien aún, si te roza el infinito,
tuya esta telaraña pretérita, de lujos
y traducciones de cartas finales,
de noches, adioses y letras que matan.

Luna de mis dedos, gotas de tu sangre
Todo lo que dije, todo lo que calle
que no sea más que el mensaje irreal
de una lengua que miente.



Over.

La realidad de la ficción, o un título más cursi. Elija


Hay un hombre que está pensando en un cuento. Está frente a la pantalla y no se le ocurre nada. De alguna manera, todas las historias que imagina lo tienen como personaje, pero no tiene ganas de involucrarse en la historia. Busca el paquete de cigarrillos, saca uno y lo fuma de a poco. Cuando lo termina va a la cocina y toma un poco de agua. Cuando vuelve, ve el cigarrillo entero, sin fumar, apoyado sobre el cenicero. Lo mira un poco extrañado. Al rato lo enciende y lo fuma. Comienza a escribir algunas palabras. Las borra. Así otras tres veces más. Ahí es cuando mira el cenicero y ve el cigarrillo otra vez entero. Le entra cierto malhumor. Decide encenderlo otra vez. Mientras fuma se queda mirando el cenicero y se da cuenta de que está lleno de cenizas. Ahí el malhumor se transforma en preocupación. Al terminarlo, retuerce el cigarrillo contra el vidrio azul del cenicero. Se lo queda mirando. De repente sonríe por lo que está haciendo y piensa que ése podría ser un buen comienzo para un cuento. Empieza: “Está cerca de la ventana, tratando de volver al lugar con los ojos, y mientras fuerza el recuerdo, enciende un cigarrillo y lo fuma con placer. Cuando cree recordar algo, lo apaga sobre el cenicero y empieza a caminar por la habitación. Cuando vuelve a la ventana, mira el cenicero y ve que el cigarrillo que acaba de apagar, está entero nuevamente.” Cuando llega a este punto, mira el cenicero y ve que sólo está la colilla marrón, toda doblada y aplastada. Busca el paquete y ve que faltan tres cigarrillos.



Over.

miércoles, 30 de abril de 2008

Dublin cerró.


Antes de Fabián Casas, en Boedo “mandaba” Isidoro Blaisten. Permítaseme la bravuconada, porque Casas sigue creciendo y a Blaisten se le terminó la película. Justo en San Juan y Boedo estaba la librería donde el gran Isidoro atendía en persona y a donde iban varios autores a seguir perdiendo el tiempo. Su historia es conocida. Si no, se la busca. Yo empecé un poco por el final, por “Al Acecho”, y me cautivó, aunque no pude entrever el grado de humor y literatura que desbocaban sus cuentos.

A ver, qué decir de un cuento sobre un hombre oblicuo que se casa con una mujer oblicua pero para el otro lado, y que a causa de este desencuentro físico, no se puede consumar el matrimonio. O sobre un hombre que gana un concurso sobre el Ulises y se comprar un castillo en Irlanda para leer infinitamente el Ulises. Ya está, amigos, se cumplió el hechizo.

Qué decir de un tipo que termina un cuento así: “El no lo sabe. Pero yo lo sé.”

Qué decir de un tipo que escribió cuentos magistrales y en cuanto termina su primera novela en 71 años, no va y se muere.

En su literatura hay humor, ese potrillo que si no se doma, termina rompiendo todo a su alrededor. En su literatura hay imaginación, otro caballito difícil. Pero a él le salía bien la mezcla, de receta oculta y alquimia escrupulosa. Había aprendido a dominar el rebenque que exige el tempo de las letras. Del poema saltó al cuento y cayó tan bien parado.

Alabado en notas y artículos, la verdad es que de él poco se habla, y es menor el lugar que tiene en la literatura del que se dice que ostenta. Lo que pasa es la gente no lee cuentos, dice el vendedor. Lo que pasa es que gente lee mierda, digo yo.

Imaginemos una gran fuente de agua que se va alimentando sin cesar de historias y cuentos. Allí están, sosteniendo el caudal: Arlt, Cortázar, Macedonio, Borges y nuestro gran Isidoro. Hermoso paseo. Es por eso que parece eterno el contenido, y nos lleva años dar vueltas y vueltas alrededor de palabras y signos para poder aprehender la belleza. Y también es por eso que a Dolina se lo lee a los quince años y se lo olvida a los dieciocho.

Lo mejor es lo que escribió. Apunto algunos escritos de “El Mago”, de 1974, cuando la librería todavía estaba abierta y la melancolía no había decidido cerrarla. Y yo recién entraba en la película


El Desarrollo y la Fe

Sólo los chicos creen. Pero los chicos crecen.


El Equilibrista

Lo que nunca alcanzó a oír el equilibrista, antes de ponerse a caminar sobre la cuerda floja, fue que en el poste de la otra punta un peón de circo le dijo al payaso.

- Pa mí que esta soga no aguanta


El Bigote de Lujo, La Estudiante de Ciencias de la Comunicación y el Lustrabotas

La estudiante de Ciencias de la Educación amaba a Severino Aníbal Mangiabróccoli. No por el nombre y apellido sino por su bigote de lujo.
El lustrabotas los miraba pasar a la vera de
la Perla del Once (la antigua) y silbaba.
Un día Severino Aníbal Mangiabróccoli se afeitó el bigote.
La estudiante de Ciencias de la Educación se metió con Arnoldo Krasnbopolski, antropólogo recién recibido, con tienda, además, muy cerca, en el Once.
El lustrabotas dejó de silbar.

Y termino con este que me parece soberbio.

Los Centinelas Nocturnos.

- ¡Alto! ¿Quién vive?
-
Por favor, seamos coherentes. Soy petiso y estoy muerto.
- ¿A qué viniste?
- A llevarte.
- No puedo.
- Podés. Vamos.
- No puedo abandonar mi puesto.
- Podés.
- Tengo que cuidar la noche.
- La noche es grande y se cuida sola. Vamos.
- No me hagas poner nervioso. Está por amanecer.
- Entonces prometeme que no vas a decir nada.
- Prometido. Vamos.
- Esperate.

El centinela y el otro se van. En mitad de la noche ha quedado un fusil Mauser, modelo argentino 1909, de cuyo caño comienza a brotar una extraña flor.



Over.

martes, 29 de abril de 2008

Ey, tú, Carlito!


De Carlito’s Way me gusta la sencillez. Sencillamente una historia de manual, es decir, como casi cualquier obra de Shakespeare. Es decir, lo básico, que desde la simpleza se hace difícil. Porque Carlito sale de la cárcel y ya no quiere volver a la calle, ni a la droga ni al delito. Pero todo eso es una nube personal que lo tiene como objetivo. Aunque él no quiera, los problemas lo siguen, se le pegan al cuerpo como la camiseta en verano. Mata y se escapa y vuelve a empezar. Y sí, todo de manual, el preso que sale y busca a esa mujer. Esa mujer tampoco lo olvidó, secretamente lo esperó sin esperanzas. Y el trabajo sucio vuelve a husmear al trabajo limpio, el que deja dinero sin sangre.

Pero están los códigos, los favores, las deudas. El pasado pide ser anulado, reclama su cuota de desamor y quiere desprenderse. Agazapada y veloz, la hora ida huele bien, y eliminarla es eliminarse. Falso, pero es así. Otra vez en medio de la polvareda, Carlito quiere redoblar el paso para escapar hacia el fin. Imposible, el cabo suelto se vuelve látigo cuando uno menos lo espera.

Carlito’s Way es una película inmensa, para dominarla un viernes a la noche, aunque siempre se retobe, aunque siempre pida una y otra vez que se la vuelva a ver.

Ahí está Carlito, ebrio de las primeras oscuridades de la libertad. Él lo dice, no yo: “Un favor te puede matar más rápido que una bala.”


Over

Una pregunta súper tonta


Una pregunta súper tonta: Si la población de Sudamérica, digo, sumando todos los países de esa región, alcanza a 185 millones aprox., y si a esa cantidad le adicionamos la población de Centroamérica y de México, tenemos otros 200 millones al menos, entonces habría, si no me equivoco, casi 400 millones de hispanohablantes en esta región.

Ahora viene la pregunta: ¿Dónde están las casas editoriales más importantes del mundo hispanohablante? No. Están en España. Y en dónde. En Catalunya, comunidad donde son oficiales dos idiomas pero que en la práctica, el catalán es el idioma elegido para los catalanes, obviamente.

Entonces, podemos decir que las decisiones sobre la publicación de libros escritos en lengua castellana, son tomadas en las casas centrales de las editoriales que a su vez están en un lugar donde ni siquiera el español es la lengua más hablada.

Si su sobrino le pregunta qué es una paradoja, use este ejemplo, compañero!

lunes, 28 de abril de 2008

Los buenos y los malos - parte I


La maldad es una forma de placer, claro que de carácter especial, algo así como un encantamiento que dura mientras se ejerce el acto, para después pasar al olvido o, en la mayoría de los casos, al desinterés. Hasta aquí nada nuevo. Sí me interesa el carácter sorprendente que conlleva el acto de maldad, ese mismo que nos hace preguntar: qué necesidad hay de cometer semejante daño. A ver, sería una cosa así:

Dijimos que la maldad es una forma de placer. El placer, por su parte, no es ni bueno ni malo ni depravado ni sano. El ejercicio metonímico no entra en cuestión. Lo interesante es que aquel sujeto que obra malamente, concibe un grado de poder en ese accionar. La maldad proviene de una carencia, del dolor de no ser, de no tener, de no estar a la altura de, de alucinar que el lazo que nos toca es más grueso y más sofocante que el del resto del universo. Sería como un daño reparador, que al ejercerlo restituye un supuesto equilibrio en una supuesta distribución de bienes y males. En realidad, existe en esa persona una miseria amplificada por el propio desprecio a sí mismo. Esa vacante en el poder dado, se sustituye por el acto de quitar poder al otro mediante lo inexplicable.

Recuerdo un sueño de Crimen y Castigo en el que un grupo de hombres azotaban sin piedad a un caballo exhausto para que siga tirando de un carro. Estaba tan bien detallado que a uno no le quedaba más que odiar a esos hombres que ejercían tal maldad. O en Apocalypse Now, cuando en escenas paralelas matan a golpes a Kurtz y a la vaca, con una crueldad infinita.

Cuando uno está del otro lado, y como decía mi profe de física, bajo los mismos valores de presión y temperatura, no hace más que llenarse de una desagradable impotencia ante el acto infundado. Lamentablemente, esos sujetos que viven en la maldad, han construido tal sólido rasgo de personalidad que es casi imposible que cambien. No me refiero a una psicopatía, sino a una de las posibilidades de un ser mísero y perdido, quien puesto a elegir, siempre opta por el daño.

Por lo tanto, cualquier intento de corrección mediante un pedido de explicación o ante la exposición del hecho cruel, no hará más que reforzar las creencias del sujeto, dado que sentirá como un ataque o una humillación infundados tal reproche. A su vez, debido al perverso mecanismo, verá satisfecho su objetivo, y esto no hará más que perfeccionar su próximo acto.

Qué hacer. Acá las aguas entran en turbulencia. La maldad despierta sentimientos de odio, y el odio es un precursor de la violencia. El desahogo puede tornarse una pesadilla que hará gozar aún más al agredido. Yo creo que hay demasiadas personas cuya existencia sólo parece rellenar el escenario. Me arriesgo a decir que si el malo no cambia, hay que anularlo, despreciarlo, emplazarlo en la indiferencia. Si los buenos despreciaran a los malos, los malos se anularían entre ellos, como un pac - man milagroso donde los puntitos amarillos, los fantasmas y los mismos pac – man fueran todos malos y pase lo que pase, uno siempre ganaría. Hay que matar malos. Si no se anima, me llama.


Over.

PD: Amit, después de la tercera y última parte, escucho quejas. A ver si me mandás un poco de guefilte fish!

domingo, 27 de abril de 2008

Esta vez.

Nanu está sentada frente a mí, como perdida y sin decir nada. Yo sé lo que va a pasar. Le voy a preguntar qué le pasa y ella me va a decir que no le pasa nada y yo le voy a decir que no le creo y después de cuatro o cinco veces me va decir que sí, que le pasa algo. Esta vez me lo dice. Siempre supe que ese momento llegaría, que alguna vez se lo preguntaría y me lo diría de una buena vez. Quiero creer que no me lo ha dicho. En algunos minutos llegan Lali y Tetén. Lali es amigo de Nanu desde hace no sé cuántos años y yo no lo puedo soportar desde hace no sé cuántos años. Mi odio no es deliberado, nada de eso, tendrían que verlo con esa sonrisa tan lejos de la felicidad del humor, esa ropa siempre a la moda, esa catarata de palabras del estilo: “sustentabilidad”, “paupérrimo”, “incidencia social”, “fines lóbregos, oscuros, delictuosos”, “obscenidad patrimonial”, “patria sindical” y demás términos con los que abre, compone y cierra cualquier conversación de política para escuchar el amplio y perfecto silencio con el que se las contesto. Nanu sabe que lo hago a propósito, que lo hago con la única intención de mostrar mi rivalidad. Tiene razón. Tetén lo defiende, se monta a su carrera, se alía con Nanu. Es decir, quedo involuntariamente en el bando unipersonal que encima no da batalla.

Ni hablar de cuando abre el espectáculo de sus viajes. Claro, de la atención en los hoteles, de las incomodidades de los aviones, de los paseos turísticos. Eso, turista, una de las palabras más feas. Y Tetén que lo mira y dice a todo que sí. Se lo pregunté a Nanu, claro que se lo pregunté, y ella me dice que los años, que tanto tiempo juntos desde chicos. Es como una justificación que yo no termino de entender. Pero lo peor es cuando habla de literatura porque sabe que a Nanu y a mí nos gusta. Ahora que lo pienso, eso es lo que más voy a extrañar, sí. Bueno, el tema es que Lali lee un libro y cree que eso es gran cosa, que leer es gran cosa. No es eso, ¿no? Esta vez fue increíble. Hablaba del libro de Salinger. Decía: “¿Cómo puede interesarle a un chico dónde van los patos en invierno? Esa parte es ridícula. ¿Quién se puede creer que a alguien le puede preocupar semejante cosa? ” Y yo, mientras lo miraba, pensaba que esa era una de las mejores partes del libro. “Yo me quedé con esa pregunta, ese tipo de preguntas “importantes”, a mí también me encantó, amor.” Y después nos acostábamos, Nanu contra la pared, al principio juntos hasta que teníamos sueño de en serio. Nos dormíamos. Tetén empieza a bostezar y Lali dice que se van, que la comida ha estado riquísima. Me arrepiento de no haberle dicho a Lali todas y cada una de las cosas que pensaba de él. Sé que puede ser mi última oportunidad. No lo hago. La puerta se cierra y queda ese vacío, ese incómodo silencio.

Nanu empieza a llevar los platos a la cocina. La miro y no la miro, como ella a mí. Voy hasta la cocina y la abrazo. Empiezo a acariciarle los labios con los dedos. Con la otra mano le recorro el cuerpo. Todo el cuerpo. Siento su respiración, algo que realmente me gusta. Vamos hasta el dormitorio y todo lo que pasa parece que nunca hubiera pasado, como si mis manos no conocieran su cuerpo ni las de ella, el mío. O lo otro, claro. Después Nanu enciende un cigarrillo y lo compartimos. “Ahora vuelvo”, dice. Al principio es como si nada, termino el cigarrillo y lo retuerzo en el cenicero. Pero Nanu está como perdida, y yo sé que le voy a preguntar qué le pasa y ella me va a decir que nada hasta que después de algunas veces me lo dirá. De eso me doy cuenta, de que me lo dirá. De una vez por todas me lo dirá.

- Te traje un poco de torta - dice Nanu.

- Sacale la cereza, no me gusta, ¿la querés vos?


Over.