viernes, 25 de julio de 2008

Inecita.

Yo no sé, pero no estoy tan de acuerdo con tu opinión. Preferiría no haberla oído, digamos, tener que amarrar las palabras a mi antojo y fantasear con tu cambio de pensamiento. Eso es lo que hago, para no odiarte, te superpongo otro discurso, y aunque me engaño, por lo menos no me hago mala sangre.

En cuanto a Inecita, te debés referir a otra, porque Inecita era una mujer. A ver. La boca de Inecita despertaba un encantamiento inmediato, o quizás era su boca junto al tono de la voz que parecía crecer desde su garganta y salir en una cadencia que fascinaba. O quizás todo eso junto a una forma de arrastrar la risa entre las palabras de tal modo que uno no podía dejar de prestarle atención. No era muy alta, pero su fina silueta le acentuaba sutilmente las curvas, y los años parecían causar en ella la sensación de que nunca dejaría de trabajar silenciosamente su hermosura. Una belleza general, claro, porque sus ojos marrones no se destacaban en su rostro, más bien desproporcionados y sin identidad, y su nariz tampoco ayudaba a darle rigor a sus facciones. Entonces eran su boca y sus piernas que se iban alargando sin perder la forma, y la gracia con la que llevaba el cuerpo, la sensualidad que había aprendido a fuerza de la desventaja primera.


Over.







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