martes, 10 de junio de 2008

La escena de la quema del olvido


No, el fuego sólo quema la corroboración, la torpe realidad del objeto; torpe porque su existencia no interesa a la memoria, tan astuta ella. El fuego es el gurú al que le ordenamos su intercesión, la anhelamos, y le creemos, aun cuando sospechemos que la cadena se rompe de otro modo. Es el olvido, cuya certera invocación es un misterio, el único artífice de esa acción. Pero esa escena la tengo calcada en la memoria. Quisiera poder quemarla también, arrojarla a esa hoguera piadosa y precisa que me acompañó aquella noche. Porque después me levanté y sentí como un ahogo que poco a poco se fue diluyendo, dándole permiso a una bocanada de oxígeno que me calmó.


En el balcón, las cenizas volaban y se perdían en el cielo. La caja de madera quedó abierta a un costado. Annete la cerró y la apoyó en un rincón. Fui despacio hasta mi habitación y me dejé caer sobre la cama. Me puse a escribir en mi cuaderno, y cada palabra me hacía revivir lo que había sucedido apenas unos instantes antes. Al rato me acuerdo que llegó Annete. La vi clara en la oscuridad. Se acercó a mí y pude sentir su mano sobre mi mejilla. Llegó hasta mi oído y me dijo algo en catalán que no pude entender. Le pedí que me lo repitiera. Su catalán se deslizó más despacio. “Algun cop la nit els hi cau a tots damunt del cap”. Copié sus palabras con mi torpe acento. Después, el sueño me volteó.



Over.

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