miércoles, 21 de mayo de 2008

¡La suerte no llueve, viejo!

“La suerte no llueve, viejo”, le dijeron antes de volver aquella noche. Aquella noche. No volver, si tan sólo fuera no volver, pero es llegar, llegar es el problema, abrir la puerta, encender la luz, mirar para atrás, cerrar. Cerrar.

“La suerte no llueve, viejo”, le dijeron aquella noche. Porque la historia empezaba antes, mucho antes, sin darse cuenta, todo. Al principio había sido un ojo que ciegamente rastreaba la oscuridad, registrando, inútil, algún resto de luz. Después de un tiempo, fueron los dos ojos, los oídos, la luz, el cigarrillo. Hasta que rara vez dejara de atestiguar el cierre de la noche, la luz, la luz que lo protegía. Se sentaba en el sillón del living y frenaba la mirada en la puerta. La sombra encendía la conspiración de ruidos.

Una noche de calor oscuro lo sacó de la cama y lo llevó hasta el balcón. La madrugada había vaciado la calle. Buscó un cigarrillo y antes de encenderlo pensó en salir. Mientras elegía una camisa, jamás reparó en lo extraordinario de su actitud. Caminó hacia la avenida, pero una cuadra antes decidió regresar. Por momentos, la noche era sepia; de repente se volvía azul; de repente, miedo. Alguien lo miraba, íntimamente sentía que alguien seguía sus movimientos. Apuró el paso. Corrió. Llegó a su casa y cerró la puerta con llave. A los dos días fue lo de la suerte. Él quiso contradecirlo, asegurar que estaba equivocado, que lo que justamente hace la suerte es llover. La nada como escenario abierto. La certeza es lo cerrado. Siempre. No lo dijo. Volvió a su casa.

Sentado en el sillón. En la madrugada los sonidos eran otros. La mesa de madera murmuraba un quejido seco y pesado, una especie de toc-poc, tic-poc. La lámpara de pie deslizaba una melodía dulce. El sillón de la derecha repetía un sonido monótono que súbitamente se debilitaba hasta anularse. También las cosas abrían otras posibilidades. Los zapatos eran grandes bocas ansiosas de tragarse lo que encontraran a su paso, grandes bocas ahogadas. La canilla de la cocina era un cogote de gallina, de ganso, que se replegaba, que amenazaba con vomitar en cualquier momento. No. Era un extenso ojo que lloraba intermitentemente. Y también el miedo. Estaba el miedo todo el tiempo. La puerta. La puerta se abriría de una patada, se desplomaría. También podía ser el sigilo de una ganzúa. Había ruidos en el pasillo. Estaban decidiendo, evaluando cómo, cuándo. Cuándo.

“La suerte no llueve, viejo”, pero insistía, no era así, el azar se burla de las tramperas, de los ritos. Más bien trabaja en el descuido, ahí, fuera del alcance de la mirada. La suerte como exactas coordenadas que ningún soborno o embrujo descubren antes de tiempo

El hombre se detuvo en la ventana. Toda la luz de la noche lo estiraba en una sombra flaca e indefinida. El humo del cigarrillo le abrazaba los dedos, las manos, el antebrazo, y allá abajo se iba formando un charquito de ceniza casi con prolijidad. Recorrió los edificios, la cúpula de la catedral, la avenida, los árboles de otro color, la vana luz que los iluminaba, las ventanas apagadas, las ventanas encendidas, el rumor a sueño que ofrecía la ciudad. Se dio vuelta. El cigarrillo se había perdido. La puerta, el picaporte, la traba, las llaves, los ruidos, el miedo, los golpes. Bajó la mirada. Se dejó recorrer por imágenes que regresaban. El pasado le trepó por la espalda y lo fue acariciando. Levantó la mirada. Decidió que ya era tiempo de abrir la puerta.



Over.

No hay comentarios: